miércoles, 9 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 20)

✤ Capítulo 20. Lápiz papel y… Antonio ✤
Como cada vez que llegaban algunas de las fiestas importantes y largas, tipo Navidades, mis padres tenían previsto ir a Italia y así visitar a sus parientes y amigos. El problema para mí era que cada año le encontraba menos aliciente al viaje, y mis ganas de reencontrarme con familiares y gente que ya simplemente se habían convertido en conocidos, eran más diminutas. Y ese año habían desaparecido por completo.

Cuando se lo comenté a Joana, enseguida pensamos en la posibilidad de que esa Semana Santa me quedara en su casa. A nosotras nos pareció una idea estupenda: no me quedaba sola en casa, estaría bien cuidada y mis padres podían irse tranquilos a Italia.
La madre de Joana, que por aquel entonces se había ganado el derecho de sobras a ser mi tía postiza favorita, también pareció estar de acuerdo con la idea y mis padres, tras habérselo pensado mucho, a mi modo de ver, también aceptaron que era preferible dejarme en casa de mi amiga a llevarme forzada una semana con morros y de mal humor.
Una vez ordenado el armario de Joana para dejar espacio a mi ropa, preparamos las camas tal y como lo hacíamos de pequeñas: quitando la mesita de noche que las separaba y juntándolas bien. 
―¿Recuerdas cuando escuchábamos pegadas a la pared a Antonio y a sus amigos hablar de chicas?―me preguntó ella mientras hacía gestos refiriéndose a los pechos grandes de alguna chica inventada.
―¿Cómo olvidarlo? Descubrimos muchas cosas durante esa época―respondí sonriendo.
―¿Quieres que le diga a mi hermano que veamos un película juntos?
―No… déjalo. Estará ocupado con sus cosas.
―¿Ocupado estando tú aquí? ¡Ni de coña!
―¡Que noooooo!―dije en un tono demasiado alto.
De repente se oyeron unos golpes en la pared procedentes de la otra habitación
―¿Queréis bajar la voz, mocosas?
―¿Y tú quieres dejar de espiarnos?
La risa de Antonio también traspasó la pared y poco a poco me fui durmiendo con la impresión deliciosa de que algunas cosas nunca iban a cambiar entre los tres.
Los días en casa de Joana eran siempre especiales. Su madre me cocinaba toda clase de platos sabrosos y tortillas que rebasaban cualquier adjetivo existente para definirlas. Salíamos de vez en cuando pero la mayor parte del tiempo lo pasábamos en su habitación haciendo nada y haciendo de todo. Lo único que había cambiado era que, muy mi pesar, Joana todavía estaba con Daniel y algunas tardes salía con él.
Para reprimir mi rabia y mi imposibilidad de hacer algo al respecto, así como para no pensar mucho en ello, las tardes que mi amiga se iba con Daniel, yo las dedicaba a dibujar tranquilamente encerrada en su cuarto.
Hacía unos meses que había empezado una serie de dibujos que parecían correlativos y de alguna manera, me sentía como en la necesidad de hacer a diario alguno. Con la mente danzando al ritmo de la música que salía de mis audífonos, sentada en el suelo y sólo con unas braguitas y una camiseta, me dispuse a empezar uno nuevo.
Los trazos salían solos desde algún recóndito lugar de mi cerebro. Empezaba teniendo claro lo que quería dibujar, pero a menudo me daba cuenta de que al final, el resultado, era completamente diferente a lo que en un principio había imaginado.
Mis manos iban solas y mi mente divagaba en cada línea y en cada sombra. A veces levantaba la hoja para ver qué estaba plasmando en ella y, muchas de las veces, siendo muy crítica conmigo misma, volvía a empezar desde cero arrugando el papel anterior.
Una de las veces en las que me perdía en mis dibujos, a través de los cristales del cuarto, vi reflejada la cabeza de Antonio asomando por la puerta. Mi reacción fue la de intentar esconder todo de manera rápida olvidando por completo que estaba en bragas.
―Perdona… llamé a la puerta y no respondió nadie… pensé que no estabais.
Me levanté para no darle la oportunidad de acercarse a mi secreto.
―Tengo la música muy alta y no te he oído. ¿Qué querías?
Apartando la vista de mí y algo nervioso, supongo que por mi media desnudez, de la cual yo acababa de ser consciente, me dijo que buscaba uno de los libros que Joana le había pedido hace unos meses y que ahora necesitaba él.
Me di la vuelta para buscarlo en la estantería, luego en el armario, abrí algunos cajones, pero no encontré nada.
―Bueno, déjalo, esta noche se lo preguntaré a ella. A saber dónde lo ha metido…
―¡NO! Espera―le dije acercándome a la mesita de noche que habíamos apartado para juntar las camas―. Seguro…―continué mientras me agachaba para mirar―, seguro que debe haberse caído debajo de la cama mientras movíamos todo esto. 
Alargando la mano, logré cogerlo y me levanté para entregárselo a Antonio.
―¿Ves? 
―Gracias, mocosa―dijo cerrando la puerta.
Todavía no había llegado a la altura de la cama cuando la puerta volvió a abrirse y su cabeza de nuevo asomó.
―Por cierto…
―¿Sí?―pregunté.
―Bonito culo.
La almohada no llegó a rozarle, pero salió disparada al momento. Cuando me acerqué a la puerta para recogerla y ponerla en su sitio, una sonrisa estaba asomando en mis labios y me era imposible disimularla.
No sé cuántos días pasaron exactamente, pero una tarde, al sacar de debajo de mi cama los dibujos escondidos, me pareció que estaban en un orden diferente al que yo los había dejado.
Quizás la madre de Joana había pasado a barrer o simplemente yo estaba equivocada, pero el caso es que no le di mucha importancia.
La semana santa ya tocaba a su fin y mis padres volverían al día siguiente, así que la última noche la dedicamos a volver a meter todas mis pertenencias en mi maleta y a hablar hasta altas horas de la madrugada.
El hecho de ver a mi padres de nuevo también me alegraba y mucho, pero la vuelta a mi cama se me antojó algo triste, justo como cuando de pequeña volvía a estar sola después de unos días en compañía de mi amiga. Por lo visto a ella le pasó lo mismo, porque por la noche me llamó Joana y estuvimos hablando como si el espacio entre nosotras no existiera.
―Hasta a mi hermano le ha cambiado la cara―me estaba diciendo―. Pero no a alegre como cuando te volvías tu casa de pequeña, sino todo lo contrario. 
―Estará preocupado por algo.
―¿Cuándo vas a querer verlo por ti misma? ¡Abre los ojos, niña!
―Es como un hermano para mí.
―Pues está claro que para él tú eres otra cosa.
―No digas bobadas y duérmete. Buenas noches, pecosa.
―Buenas noches, bambina.

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