martes, 8 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 19)

✤ Capítulo 19. ¡Bailando! ✤
Volvimos al camping como nuevas. Jorge nos había dejado una nota informándonos de que se iba a comprar algunas cosas para preparar una buena barbacoa y también nos ponía al corriente de que esa noche se celebraba una fiesta en la parte de la piscina a la que por supuesto íbamos a asistir. Al final de su nota, a modo de post data, aclaraba que tendría en cuenta mi negación a comer carne de cualquier tipo y que compraría buenas y saludables verduras para hacer a la brasa.

―Este hombre es un diamante, nena. Si no te lo quedas tú, lo intentaré yo―le dije sonriendo a Joana.
―Ni lo sueñes, guapa. Tú sólo debes tener ojos para mi hermano.
Nos fuimos a las duchas y a la vuelta a nuestra caravana decidimos echarnos un rato mientras esperábamos a que volviese Jorge.
―A veces creo que nos pasamos media vida durmiendo.
―¿Quién ha dicho que vamos a dormir?
―¿Ah no?
―No, guapa. Quiero saber qué vas a hacer esta noche. ¿Volverás a dormir o tendrás una noche de lujuria desenfrenada en la caravana de al lado?
―¿Cuánto hace que no…? Te noto algo obsesionada―respondió Joana a mi pregunta guiñándome un ojo.
―Ay nena… he perdido la cuenta.
―¿Si te digo una cosa no te vas a reír? Bah… menuda pregunta estúpida acabo de hacerte.
―Pues sí.
―Bueno, da igual. Si no te lo cuento creo que voy a reventar.
―¡Cuenta cuenta cuentaaaaaaaaaaaaa!―grité saltando de mi cama a la suya.
―Yo sí que estoy obsesionada. No pienso en otra cosa. Lo veo y me lo comería en cualquier sitio. Estoy excitada casi todo el día. A veces hasta llego yo antes que él y entonces me hace llegar otra vez. Te lo juro, Derah. Creo que estoy recuperando con creces todos los orgasmos que no he tenido en años. Estoy en celo continuo.
Mi risa estalló a la vez que recibía una colleja en plena nuca. Así y todo, no pude parar de reír durante muchos minutos hasta que casi sentí que me iba a ahogar.
―Tu mamá te explicó que hay que tomar precauciones ¿no?
―A eso ha ido también. Hemos terminado las provisiones―me dijo con mirada pícara.
―¡Qué fieras!
Justo en ese momento escuchamos como llegaba Jorge y de un salto Joana se incorporó y fue a saludarlo. El verla abrazada a él me produjo una risa incontrolable recordando las palabras que acaba de decirme e imaginando que en ese mismo instante estaría deseando comérselo y sin cocinar antes. La risa fue todavía mayor cuando, al salir yo de la caravana, no los vi fuera y a cambio vi la puerta cerrada de la caravana de Jorge.
Las bolsas con la compra estaban abandonadas sobre la mesa, así que decidí llevarlas a nuestra nevera. Pensé en ponerme un rato más con el ordenador de Jorge, pues me lo había dejado sin límite, y así arreglar un poco más mi blog y las fotos de mis dibujos.
―¡Hola!―me dijo asomando la cabeza al cabo de no sé cuánto tiempo Joana.
―¿Relajada y satisfecha?―le pregunté sin poder reprimir la risa.
Jorge era todo un experto en barbacoas y preparó con esmero una cena realmente sabrosa. Aparte de verduras, para mí había comprado también algunas variedades de queso, así que los tres cenamos perfectamente y nos bebimos dos buenas botellas de vino blanco que nosotras teníamos en la nevera desde el día de nuestra llegada.
―Ya preparo yo el café, tortolitos―dije levantándome y recogiendo un poco los platos sucios―. ¿Los fregamos ahora o mañana?
―Mejor mañana―aseguró Joana―. Los dejamos en nuestra caravana y cuando nos levantemos vamos directas.
Tras tomar el delicioso café con hielo que tan bien sienta después de una cena copiosa en verano, nos arreglamos un poco y fuimos hacia la fiesta. La música se escuchaba cada vez más claramente a cada paso que dábamos y, en ese momento, me di cuenta de las ganas que tenía de bailar esa noche.
La piscina estaba decorada con luces de todos los colores, guirnaldas que salían de un árbol para acabar en otro y había mesas con sillas por todas partes. La pista de tenis se había convertido en la pista de baile y, como un imán, me sentí atraída en el mismo momento de verla.
Mientras ellos dos pedían algo para beber y buscaban una mesa libre, yo me dejé llevar por esas canciones absurdas de verano que sacaban la payasa que había en mi interior. Joana no tardó mucho en llegar a mi lado y las dos dejamos toda nuestra energía en declarar al mundo que esa noche, la vergüenza, se había quedado en la caravana.
Nuestras sonrisas eran sinceras y resplandecían sobre cualquier otra cosa, y la felicidad que yo sentía y a la vez veía reflejada en la cara de mi amiga, me impulsaba a reír y a reír siempre más.
Muertas las dos de cansancio y con los corazones que prometían salirse de un momento a otro de nuestras gargantas, nos fuimos a sentar con Jorge que también se lo estaba pasando en grande mirándonos.
―Parecíais dos niñas malas con cara de traviesas―nos informó nada más sentarnos.
La noche siguió con conversaciones banales y con silencios en los que dos manos se entrecruzaban demostrándose mutuamente algunos sentimientos que yo era capaz de notar en el aire.
―Chicos―anuncié―, si no os importa, me gustaría dar una paseo por la playa y luego ir a dormir.
―¿Quieres que te acompañemos?―preguntó Jorge dispuesto realmente a hacerlo.
―No, no. De verdad. Disfrutad de la fiesta el rato que queráis tranquilamente. 
Joana no insistió. Me conocía demasiado bien como para hacerlo. Ella sabía perfectamente que mañana sería un día importante para mí y para mis miedos. Antonio llegaría a lo largo del día y yo necesitaba pensar, prepararme.
La playa estaba oscura pero aún así percibí toda su belleza y majestuosidad. En la orilla, escuchando las olas romper en mis pies, unas mariposas dormidas empezaron a despertarse y, en vez de ahuyentarlas, les di la bienvenida en silencio.

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