lunes, 7 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 18)

✤ Capítulo 18. Te echaba de menos ✤
Llevábamos una semana entera preparando las maletas. Que si ahora pon esto y saca lo otro, que mejor nos llevamos aquello también, esto por si hace frío, esto por si llueve, esto para el sol…

El viaje de fin de estudios era todo un acontecimiento para nosotras. Íbamos a ir en barco a Menorca con todos los compañeros de ese curso, aunque para ser sinceras, para nosotras era un viaje de dos.
El barco zarpaba desde la capital de noche, y se veía enorme y brillante con todas las luces encendidas. Nos despedimos de nuestros padres que nos habían llevado hasta el puerto y subimos con una mezcla de ilusión y miedo que se nos reflejaba en la cara.
Tras dejar nuestras maletas en un cuarto junto a muchas otras, dedicamos casi toda la noche a deambular por el barco, y antes de ir a las butacas a dormir, salimos fuera para ver el paisaje.
―No se ve una mierda―dije consternada.
―Ya te lo dije, Derah. Es de noche.
Pero el paisaje cambió de repente cuando a las siete u ocho de la mañana nos despertó la sirena del barco para anunciarnos que ya llagábamos a puerto. Era un cuadro en movimiento lleno de colores y casitas preciosas que parecían puestas a conciencia en cada punto exacto. El barco entraba lento como pareciendo dar la oportunidad de admirarlo todo sin perderse nada.
Un pequeño autobús nos esperaba para llevarnos al hotel, y el entusiasmo y la alegría, tanto nuestros como de los demás compañeros, se podía palpar en el ambiente y te contagiaba en todo momento.
Las habitaciones eran de dos y por supuesto Joana y yo íbamos a ocupar una de ellas.
―¡Esto es fantástico! ¿Has visto que piscina enorme hay en el hotel?―se escuchaba a través de los ventanales abiertos de nuestro balcón.
―¿Piscina? ¿Estamos en Menorca y la tía habla de piscina?―me preguntó Joana poniendo los ojos en blanco y casi en un susurro.
―Luego dicen que las raras somos nostras. Pa’ que veas…
No perdimos tiempo en deshacer nuestro equipaje y, tras convenir los horarios de entrada y salida con los tutores correspondientes, las dos, sin mirar atrás y sin preguntar si alguien quería acompañarnos, nos fuimos directas a la cala que era parte del hotel.
―¡Mamma mía!―grité al ver el lugar.
Era un playita pequeña y rodeada de árboles gigantescos. La arena parecía negra desde lejos, y una vez cerca, entendimos que era un efecto de las pequeñas piedrecillas de diferentes colores oscuros que la llenaban por completo. Pusimos nuestras toallas lo más cerca que nos fue posible de la orilla y nos tumbamos dejándonos caer como sacos.
―Ma que bonnitas señorinas que han venido a la spiaggia hoy.
Las dos nos giramos para ver quién era el que hablaba en un castellano italianizado y además nos quitaba el sol de nuestra piel.
―Este es de los tuyos―me dijo Joana refiriéndose a que era italiano.
―¡Calla! Ni se te ocurra decírselo.
―Mi llamo Roberto―anunció el chico sentándose a nuestro lado.
―Y yo mi llamo María y esta es mi novia Teresa―dije yo sin inmutarme.
No hay que decir que la tentativa de conquista duró muy poco y de nuevo nos encontramos solas. El agua era cristalina pero cambiaba de colores a cada paso. Tal era su transparencia, que de vez en cuando se podían ver pequeñas formaciones de pececillos que pasaban entre nuestras piernas.
Nuestra efusiva marcha hacia la playa con sólo las toallas a cuestas, nos dio como resultado volver al hotel, para comer, rojas como tomates. Tuvimos que ponernos casi un bote entero de crema y aún así, la poca tela de nuestros vestidos era como un sinfín de agujas que nos impedían movernos libremente.
―Empezamos bien―dijo Joana acostándose lentamente y con cuidado en la cama de la habitación.
―Ya te digo―respondí yo imitándola.
Supongo que el cansancio del viaje hizo el resto y nos quedamos dormidas como troncos hasta casi la hora de cenar.
―No pienso decirle a nadie que en nuestro primer día en Menorca nos hemos quemado, hemos rechazado un ligue y hemos pasado una tarde entera durmiendo.
―Si se entera mi hermano, tendremos guasa para meses.
Esa primera noche hubo fiesta en el hotel y nos relacionamos con el resto de compañeros bailando y charlando hasta bien entrada la noche. Lógicamente, nosotras, sueño, lo que se dice sueño, pues no teníamos.
Pero aparte de nuestra peculiar llegada, el resto de la semana en Menorca nos lo pasamos genial. Casi podría asegurar que desde el momento en el que nos subimos al barco, volví a sentir a Joana a mi lado. La misma de siempre, mi amiga.
A la segunda noche descubrimos un lugar maravilloso junto a otros compañeros, y sin dudarlo, volvimos ahí el resto de las veladas. Era un bar discoteca construido entre las rocas de un acantilado. Por fuera parecía espectacular, pero una vez dentro, la decoración que seguía respetando la magia de la naturaleza, las vistas impresionantes al mar, que cuando estaba en calma eran maravillosas, pero que cuando estaba furioso se convertía en un espectáculo digno de ver, así como el ambiente musical y la gente en general, lo convertían en un nuevo paraíso para nosotras dos.
Sentadas en uno de los pequeños balcones que regalaban un panorama que dejaba sin respiración, una de esas noches Joana y yo conversamos como no lo habíamos hecho en mucho tiempo.
―Te he echado de menos―empecé yo.
―Nunca me fui, tontita.
―Sí lo hiciste, Joana. Dejaste de ser tú hace mucho tiempo.
―Ya hemos hablado de eso otras veces, Derah. Son cosas tuyas.
―Joana… ¿eres realmente feliz con Daniel?
―¿Y qué es la felicidad?―respondió mirando al horizonte―. Yo lo quiero y él me quiere a mí. A su manera.
―No me gusta su manera de quererte.
―No tiene que gustarte a ti.
―No te enfades, Joana, a mí también me cuesta hablarte así. Pero he de hacerlo. Porque yo SÍ te quiero. No, no me interrumpas. Déjame hablar y si quieres luego me mandas a la mierda, pero déjame hablar antes.
―De acuerdo―asintió sin mirarme todavía.
―No eres feliz. Lo noto, lo siento, lo veo. Te tiene anulada. Ya no sonríes como antes. Sólo te arreglas si sales con él y pocas veces sales conmigo. No lo digo por celos. Esa etapa de sentirme abandonada o suplantada ya la superé―ahora sí que sus ojos perplejos se encontraron con los míos―. Claro, ¿qué esperabas? Un poco de eso hubo en mis sentimientos, pero por supuesto no te lo dije.
―Deberías haberlo hecho, te habría explicado que yo nunca he dejado de sentirte y de quererte como a mi mejor y única amiga.
―Eso ya lo entendí, pero aún así un poco de pelusilla era lógico que hubiera. A ti te habría pasado lo mismo.
―Sí, es posible. Seguramente―apuntó ella como para sí misma.
―Pero no es a eso a lo que voy. Creo, no, sé que Daniel no te valora. Estoy convencida que por su complejo de inferioridad y su estupidez, perdona, pero es lo que pienso, te trata mal y te hace sentir poca cosa. Lo que no entiendo es por qué tú le dejas hacer eso.
Aún siendo de noche, y no habiendo una luz muy fuerte alumbrando nuestro balcón, el brillo de unas lágrimas resplandeció en el rostro de mi amiga.
―No sé si podría vivir sin él.
Cogí las manos de Joana entre las mías.
―Ahora respóndeme, ¿eres feliz? ¿Te hace feliz? ¿Te hace sentir mujer?
―Derah… ¿crees que no me lo he preguntado yo eso muchas veces? Cada vez que hacemos el amor y yo no soy capaz de tener un orgasmo, cada vez que me culpa por ello, cada vez que por eso ya no hacemos nada los dos y yo sí se lo hago a él, cada vez que me pregunta con quién he hablado, cada vez que se enfada porque hablo con otro hombre… 
―Pero… pero Joana, todo eso no es amor… eso es… no sé qué nombre ponerle…
―Pero yo lo quiero. 
―No, Joana, tú has creado una dependencia malsana a todo eso. Por favor, déjalo antes de que sea demasiado tarde.
―Derah… prometo pensarlo y hablarlo más adelante, pero ahora no. Ahora bailemos.
Las dos dejamos nuestros vasos en la mesita de mimbre y nos fuimos a bailar. Durante el resto de los días en Menorca no hablamos nunca más del tema. Nos divertimos, reímos como nunca y disfrutamos de nuestra amistad.
Aún así, tanto Joana como yo sabíamos que había una conversación pendiente. 
Ésta llegó al cabo de un tiempo.

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