domingo, 6 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 17)

✤ Capítulo 17. Menos mal que vamos depiladas ✤
Esa mañana Joana y yo sentimos la necesidad de pasar un día solas. Mi amigase lo había comentado a Jorge con el temor, supongo que por la costumbre, de que éste no lo aceptara y se enfadara. Yo le dije, supongo que por la costumbre, que no tenía ningún derecho a negarse o a enfadarse. La grata sorpresa fue que esta vez su pareja, por lo menos durante esos días, no sólo lo vio bien, sino que nos animó a hacerlo.

―En el camping podéis pedir bicicletas y así hacer una excursión por el pueblo o por alguno de los lugares que hay en la zona―nos estaba informando Jorge―. Tienen unos folletos en los que explican muy claramente y sin peligro de perderse, dónde y cómo llegar a diferentes sitios.
Nos pareció una idea fantástica y entre las dos preparamos nuestras mochilas, estas reales, con botellitas de agua, zumos y algo de comida. Los tres fuimos a la recepción para pedir las bicicletas, y tras un reconocimiento por parte de Jorge de las ruedas, frenos y acomodar los sillines a nuestra altura, nos despedimos y salimos rumbo a no sabíamos dónde.
Habíamos cogido tres folletos con tres rutas diferentes y como la primera etapa en todos los casos era la misma, decidimos llegar hasta el pueblo y luego allí decantarnos por alguna de las excursiones en bici.
De los días que llevábamos ahí, era la primera vez que íbamos al pueblo las dos, así que antes de ir más allá, dejamos las bicicletas aparcadas con sendos candados y fuimos a dar una vuelta por el lugar. 
―¿Qué te parece este para mí?―le dije a Joana en una de las tiendas.
Al girarse y verme con un gorro mejicano tan grande como la rueda de una de las bicis puesto en mi cabeza, Joana empezó a reír sin control.
―¿Qué? ¿Qué pasa?―le pregunté intentando parecer seria.
―Nada. Estás muy sexy.
―¿Entonces me lo compro?
―Si piensas ir conmigo, no.
Con cara de niña desilusionada lo volví a dejar en su sitio y seguimos nuestro paseo descubriendo al final de la calle un lugar donde hacían tatuajes con henna. 
―¿Nos hacemos uno?―me preguntó Joana nada más verlo.
―Vale.
Entramos, y después de mirar no sé cuantos dibujos, no encontramos ninguno que nos gustara realmente.
―Puedo haceros el dibujo que queráis―nos informó la chica.
Al final, después de pensar un poco, le pedimos que nos hiciera una hoguera en llamas en la parte interior de la muñeca izquierda. Salimos decididas en no hacernos más las remolonas y empezar a pedalear en serio. Ya subidas a la bici y con nuestros cascos que nos hacían parecer dos melones con ruedas, yo saqué los folletos de la mochila.
―¿Princesas o aventureras?―pregunté sonriendo.
―Aventureras―respondió mi amiga.
En cuanto lo vimos comprendimos que ese era nuestro destino ese día.
―¿Sí?
―Sí.
Teníamos por delante unos poco quilómetros y había dos maneras de llegar. Una por el carril bici de la carretera principal y otra por las callejuelas del pueblo. Lógicamente, si íbamos a ser aventureras, había que perderse por las calles, sortear coches, desafiar semáforos y convertir todo eso en peligrosos monstruos y dragones que seguro acabaríamos venciendo.
Fue divertido nuestro trayecto, porque pusimos en práctica todas esas tonterías y las acompañamos con sonidos de espadas y frases de aliento ante las batallas más feroces que nos encontrábamos en cada esquina. Por unos maravillosos minutos, volvimos a nuestra infancia sin importarnos las miradas de algunos conductores que, parados en los dragones que cambiaban de color, de rojo a verde, nos escuchaban decir a través las ventanillas bajadas ¡Yo te cubro! ¡Tengo la espada preparada! ¡Ahora que el dragón está despistado!
Con lágrimas en los ojos, producidas por nuestra incontrolable risa, llegamos a nuestro destino.
―Si me llegan a decir que haríamos esto, te juro que no me lo habría creído―dije aparcando la bici de nuevo y asegurándola.
―Ni yo…
No era nada del otro mundo, y de hecho, era algo que cada día se practicaba más, pero teniendo en cuenta que Joana había vivido demasiado tiempo bajo la dictadura de un amor malsano y yo estaba llena de indecisiones y vergüenzas, decidir pasar el día en una playa nudista para nosotras era toda una experiencia que sin duda nos ayudaría a vaciar todavía más nuestras mochilas que ya empezaban a parecer meros globos desinflados.
Llegamos casi a la parte mojada de la arena, donde las olas rompen con su relajante sonido, y nos quitamos toda la ropa.
―Menos mal que estamos depiladitas, nena―dijo Joana muy seria.
―En todo caso eso debería preocuparme a mí. Tú estarías depilada fijo, con todo ese ajetreo que llevas estos días ahí abajo. Parece algo irritado―le dije señalando sus partes íntimas con la mirada.
―No seas guarra, Derah.
La sensación de sentir el agua en todo el cuerpo fue diferente. Supongo que el hecho de ser algo nuevo para nosotras, hacía que la experiencia se convirtiera en algo parecido a la libertad más absoluta. Nadamos, descansamos boca arriba cogidas de la mano, buceamos hasta quemarnos los ojos con la sal del agua y finalmente salimos para tumbarnos, sin toallas, sobre la arena ardiente y fina.
―¡Joder! ¡Me he quemado el culo!
―Derah, como no te calles te juro que me voy a medio quilómetro de tu lado.
Una vez nuestra piel se hubo acostumbrado a ese calor, con los ojos cerrados y la música del mar de fondo, empezamos a hablar.
―Creo, no, estoy segura de que hasta ahora no había sentido en mi cuerpo la delicadeza de un sexo bien hecho y bien acabado.
―Ya te he dicho que se ve algo irritado.
―¿Quieres dejar de decir burradas?―me dijo tirándome un puñado de arena sobre mi parte íntima.
―En serio, Joana, te veo muy feliz.
―Es que me siento feliz. Y no sólo por eso. Me siento respetada, deseada, escuchada… Me siento otra vez yo. Con Daniel…
―¡Oh mierda! No estropees el momento con palabras malsonantes.
Ambas nos reímos.
―Quiero agradecerte el que seas mi amiga―me dijo de repente.
―Ahora la que dice chorradas eres tú. 
―Es imposible hablar en serio contigo cuando te pones así.
―¿Quieres hablar en serio?
―¡Joder! Ahora me das miedo…
―Quiero intentarlo con tu hermano, Joana. Quiero intentarlo de verdad.
Joana se incorporó de golpe y se sentó con las piernas cruzadas y mirándome fijamente.
―¿Lo dices en serio?
―Sí.
―Creo que voy a llorar de alegría.
―No exageres…
―¡No te imaginas lo feliz que me haces!
―¿Puedo pedirte un favor?―le pregunté a mi amiga arrugando la nariz.
―Claro. Pídeme lo que quieras.
―Cierra las piernas.
Las dos soltamos una carcajada que superó el ruido de las olas del mar y así, libres, felices y desnudas, pasamos un día inolvidable.

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