sábado, 5 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 16)

✤ Capítulo 16. Mariposas ✤
Joana pasaba cada vez más tiempo con Daniel. No podía esconder que eso me molestaba en cierto modo porque sentía que me estaban robando a mi mejor amiga, pero una vez superado ese bache emocional que dejaba un vacío extraño durante muchas horas a lo largo de las semanas, lo que más me molestaba y me dolía, era que cuando por fin podía pasar un rato con ella, notaba que poco a poco estaba cambiando, y no para bien.

Me era muy difícil intentar decirle que su relación no era sana. Joana había dejado de arreglarse cuando salíamos juntas. Me daba la impresión de que lo hacía para agradar y satisfacer a Daniel mientras no estaba con ella, porque la verdad era que, cuando quedaban para ir simplemente a tomar algo, mi amiga se esmeraba para estar guapa.
Como siempre, el miedo a meter la pata y a hacerle daño me impedía preguntarle si sólo tenía permitido arreglarse cuando salía con él, pero era obvio que así estaba la cosa, por mucho que ella lo disfrazara con excusas de otra índole.
Supongo que por eso, por verme muchas veces sola o justamente por dejar de verme, Antonio pensó esa tarde en invitarme a ir al cine con él y algunos amigos suyos.
Ya hacía tiempo que la barrera de los cuatro años de diferencia entre el hermano de Joana y nosotras se había traspasado. Supongo que llega un momento en el que dejamos de ser unas mocosas para tener el honor de ser consideradas como bastante aptas para tenernos en cuenta.
―Iremos al cine y luego a tomar algo―me estaba diciendo Antonio que me había llamado por teléfono.
―¿Seguro que a tus amigos no les importará llevar a una mocosa con ellos?―pregunté yo con media sonrisa apareciendo en mi rostro.
―Supongo yo que no te tirarás eructos durante la película, ¿no?
―Eres idiota.
Finalmente quedamos en que él me pasaría a recoger por mi casa a eso de las cinco de la tarde. No sabía exactamente con quiénes íbamos a ir, y por supuesto, mis inseguridades empezaron a aflorar a medida que pasaba el tiempo y se acercaba la hora.
¿Les caeré bien? ¿Me dejarán de lado? ¿Sabré estar a la altura? Todas esas estúpidas preguntas, y muchas más todavía más absurdas, me taladraban la mente. Me hubiese gustado estar con Joana para sentirme más segura de mí misma. Algunas veces me preguntaba también si el hecho de haber sido excluida durante tanto tiempo, por bicho raro, en la guardería, era el motivo de que siempre temiera conocer y entablar nuevas amistades.
Mirándome en el espejo para darme unos últimos retoques antes de salir a esperar a Antonio, me examinaba diciéndome que mis ojos verdes junto con mi pelo negro y ondulado, que ya me llegaba por debajo de los hombros, no estaban tan mal. Me había cambiado como cinco veces de ropa antes de decidirme por un vestido un poco escotado y aún así, todavía no me sentía del todo a gusto. 
¿Cuándo me atreveré a mirarme al espejo y aceptar que no estoy tan mal? Era como si una vergüenza incomprensible me prohibiera decirme a mí misma cosas bonitas.
Antonio llegó puntual.
―Estas muy guapa, mocosa.
―Eso se lo dices a todas.
―Cierto, pero contigo no miento.
Cuando llegamos al cine nos encontramos con sus amigos. Tres chicas y dos chicos. La verdad es que durante el rato que estuvimos tomando algo después de comprar las entradas, me cayeron muy bien y pareció que yo a ellos también.
Entramos cuando ya estaban apagando las luces y nos sentamos ocupando toda una fila. Antonio se puso a mi lado.
―Recuerda. Nada de eructos―me dijo al oído.
Yo le pellizqué en el brazo y empezó la película de miedo. No sé en qué momento exacto ocurrió, pero noté que sobre mi mano, apoyada sobre el reposabrazos, otra mano aparecía como por arte de magia y se quedaba ahí.
Sentí mariposas en el estómago y un peso en el pecho agradable y a la vez incómodo. ¿Me estaba cogiendo de la mano Antonio? Y, lo peor de todo, ¿me estaba gustando? No sabía cómo reaccionar y por eso no lo hice. Seguí impertérrita mirando hacia la pantalla enorme en la que ya no sabía ni qué estaba pasando.
Sólo tenía mi mente puesta en esa mano que poco a poco me estaba acariciando los dedos y se entremezclaban con los míos. Antonio tampoco había despegado sus ojos de la película, y daba la sensación de que nuestras manos no formaran parte de nuestro cuerpo.
Terminó la película y antes de que se encendieran las luces, retomamos posesión de nuestras extremidades. Nos levantamos poco a poco pasando entre los asientos, salimos del cine, nos subimos a su coche junto con los dos amigos, nos despedimos con un ¡Hasta otra! Y me fui a mi casa.
¿Qué había pasado?
Para no pensar demasiado en ello me refugié en mis dibujos y empecé algo que no supe hasta después de un tiempo qué significado tenía.
Con trazos finos y suaves, sobre el papel blanco empecé a dibujar pequeños círculos que parecían atraerse el uno hacia el otro pero no llegaban a juntarse. Iban de pequeños a más grandes a medida que los dibujaba y, cuando tracé los más grandes, lo hice apretando fuerte el lápiz inconscientemente y, de la misma manera, los dibujé de manera que uno entraba dentro del otro. Luego, sin un por qué aparente, empecé a separarlos de nuevo y cada vez estaban más y más alejados.
Dejé el dibujo aparcado entre los demás sin darle mayor importancia, pero al cabo de un tiempo, cuando de nuevo apareció en mis manos, entendí que en él estaban reflejados mis temores de acercarme demasiado a quién había formado parte de mi vida desde que era pequeña, por el peligro de acabar separados para siempre.
Probablemente, quien viera ese dibujo no interpretaría nada, pero para mí fue lo suficientemente revelador como para huir durante años de mis propios deseos y emociones.
Con la expectativa de la llegada de Antonio, decidí romper mentalmente esa barrera de círculos lejanos y terminar el dibujo justo donde éstos se juntaban con trazo fuerte y definido.

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