miércoles, 2 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 13)

✤ Capítulo 12. Lo siento, no me gusta ✤
―Dice que si lo quisiera de verdad me acostaría con él.

Joana y yo habíamos entrado ya en la edad en la que los chicos y el sexo nos llamaban demasiado la atención. Nuestros cuerpos habían cambiado ya del todo y nuestras hormonas estaban revolucionadas. Habíamos descubierto lo que un buen escote y una sacudida de caderas podían causar en el sexo opuesto e incluso yo, con todos mis complejos e inseguridades, me sentía una chica atractiva en muchas ocasiones. 
Había notado que hasta Antonio se fijaba en mí de una manera diferente y eso, sin poder remediarlo, a veces me causaba un cierto rubor que tenía que disimular apartando mi cara para esconder mi rostro enrojecido.
Aparte de eso, Joana también había experimentado algunas cosas que yo todavía imaginaba en la soledad oscura de mi cuarto y en el silencio de mis propias sensaciones en mi cuerpo. Lo que yo había sentido por mí misma, mi amiga ya lo había probado con Daniel. Pero ahora él quería ir más lejos. Quería hacer el amor con ella y la estaba atormentando, bajo mi punto de vista, diciéndole que si de verdad lo quería, no pondría tantas pegas.

―No sé, Joana. Yo creo que es algo que deberías hacer cuando realmente sientas esa necesidad, no cuando él te lo pida. Casi te está chantajeando.
―No digas eso, Derah. Sé que no te cae bien, pero me quiere y es lógico que desee hacerlo.
―Bueno, vale, ¿pero qué deseas tú?
La mirada de mi amiga bajó hasta más abajo del mismo suelo. Podía notar en su forma de hablar, de mirar y de mover las manos una dentro de la otra, que realmente Joana estaba hecha un lío. Por eso dejé que el silencio nos abrazara a la espera de que ella sintiera la suficiente fuerza para decirme la verdad. No pasaron más de dos minutos.
―No quiero perderlo.
―Joana, si realmente te quiere no te dejará por no acostarte con él. Ya habéis tenido muchos momentos que yo ni he experimentado. Si te quiere esperará a que estés preparada.
―Pero él dice que es un hombre y que no puede esperarme eternamente.
El odio que cada día iba en aumento de mí hacia Daniel, prometía ser peligroso si lo dejaba crecer a ese ritmo en mi persona. Podría llegar a alejarme de mi amiga si no era capaz de controlarlo.
―No sé, Joana. Lo que decidas por mí estará bien, por supuesto. Sólo quiero que te sientas bien contigo misma. Sólo eso.
―Esta tarde nos veremos y me llevará a su casa. Sus padres no estarán.
La cuestión iba más rápida de lo que había imaginado y eso me asustó. Pero no quise demostrarle a mi amiga mis temores. Ya habría tiempo para eso si llegaba el caso.
―¿Estás nerviosa?―tuve que preguntarle.

―Mucho. No sé si duele o si me gustará. Tampoco sé qué tengo qué hacer...
―Pues yo en eso no soy de mucha ayuda. Pero si todos lo hacen y repiten, debe ser bueno―dije sonriendo e intentando darle ánimos.
Mi manera de imaginar la primera vez no era así. Supongo que tantos años de princesas y aventureras en paraísos maravillosos y con caballeros valientes y guapos, me había llenado la cabeza de pajaritos y de grandes expectativas. Me sentía triste por mi amiga y enfadada con ese tonto de Daniel que la estaba obligando a hacer algo que en realidad ella no quería.
―¿A qué hora vas a ir a su casa?―pregunté simplemente porque no sabía qué más decir.
―A las cinco.
―Pues vamos a ponerte guapa y a prepararte para tu primera vez.
A las siete de esa tarde, estando en mi casa y sin noticias de Joana, ya empezaba a preocuparme y por eso le dije a mis padres que esa noche me quedaría a dormir en casa de mi amiga y, tras el consentimiento de ambos, me fui con la intención de saber qué había pasado.
Cuando llegué a su casa, la madre de mi amiga me dijo que Joana estaba acostada. Eso ya me preocupó, e intentando no demostrarlo, subí de dos en dos los escalones para llegar a su habitación.
―¿Hola? ¿Se puede?
Estaba toda a oscuras y, gracias a que me conocía ese cuarto como la palma de mi mano, llegué al lado de la cama de Joana y me senté.
―¿Estás bien?―pregunté con el corazón galopando en mi interior y con el peligro de que se me saliera por la boca.
―Sí.
―¿Y por qué estás acostada?
―Porque estoy cansada.
Me tumbé al lado de mi amiga abrazándola por detrás y esperando a que me contara qué había pasado.
Su primera experiencia no fue buena. 
Daniel no había tenido paciencia y le había hecho daño. Me dijo que sólo había sentido dolor y miedo. Que durante mucho rato estuvo tumbada desnuda sin poder descruzar las piernas y que Daniel se levantó de la cama y empezó a masturbarse delante de ella diciéndole que era una calienta braguetas. 
Ella se asustó pensando que la dejaría y por eso finalmente descruzó las piernas y le dijo que se sentía preparada. 
Como Daniel estaba ya tan excitado, la penetró sólo para acabar la faena que ya estaba casi a punto y ella sintió como si sus entrañas se desgarraran.
Sangró un poquito y Daniel le dijo que era normal y luego, con sus dedos, intentó que ella llegara al orgasmo, pero estaba demasiado nerviosa y no pudo.

―Yo lo quiero, Derah. Lo quiero mucho y sé que no era su intención hacerlo así. Me dijo que lo sentía y que la próxima vez iba a ser mucho mejor.
―Seguro que sí―logré decir. Pero en realidad, dentro de mi ser, el odio hacia Daniel había llegado a límites insospechables.
Esa noche sí me quedé a dormir en casa de Joana, pero no lo hice en la otra cama, sino a su lado. Estuvimos conversando hasta muy entrada la noche. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no decir realmente lo que pensaba. Me hubiera gustado susurrarle al oído que ella merecía algo mejor, que lo sentía mucho, pero que a mí Daniel no me gustaba.
En vez de eso, abrazada a mi amiga y en silencio, escuché sus palabras y comprendí lo enamorada que estaba de ese chico.
―Me hace reír mucho y me cuenta sus sueños de llegar a tener su propio negocio de reparación de motos―me estaba diciendo ella en la oscuridad de esas cuatro paredes.
Bajo mi punto de vista, Daniel tenía demasiados pajaritos en la cabeza. Habiendo dejado los estudios apenas con dieciséis años, y ya tenía veinticuatro, iba de un lado a otro sin un objetivo definido. Yo no tenía muy claro que algún día ese chico pudiera llegar a tener un negocio propio, sólo lo veía rondar por las calles con su moto de tres al cuarto dándose importancia y todavía más cuando detrás llevaba a mi hermosa amiga.
Recordé cuando me explicó la primera vez que se besaron. Joana se había inventado una historia haciéndole creer a Daniel que ella ya había besado a otros chicos, e incluso le dijo que había tenido una relación con un extranjero que había venido a pasar unas vacaciones a nuestra ciudad.
Le hizo parecer que era tan experta y madura que una noche, acompañándola a casa, le pidió un beso.
―Dame un beso, preciosa.
―¡NO!―dijo mi amiga riendo y pensando que iba en broma.
Pero al ver la cara de su chico molesta y contrariada, se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo al intentar gustarle e impresionarle, inventándose la historia absurda de su experiencia anterior.
Joana, sin saber qué hacer ni cómo comportarse, me dijo que imaginó en su cabeza alguna de las muchas escenas que habíamos visto en alguna película cuando los protagonistas se besaban por fin.
Así que acercó su cara a la de Daniel y éste buscó su boca.
―Es raro―me dijo al día siguiente entusiasmada y con los ojos radiantes.
―¡Pero cuéntame! ¿Qué se siente?
―Yo pensé que sólo íbamos a juntar nuestros labios, ¡pero nada de eso! La boca de Daniel se abrió sobre la mía y sentí como su lengua entraba caliente y húmeda. Mmmmmm… ¡Es sabroso el beso, Derah!
A mí me parecía una cosa bastante asquerosa eso de juntar las lenguas y la saliva, pero mi amiga estaba poco a poco haciéndome cambiar de opinión.
―Se juntan las lenguas y se mueven así―me dijo sacando la lengua y haciendo círculos con ella―. Y respiras por la nariz.
―¿Y ya está?―pregunté cada vez más interesada.
―Bueno, luego Daniel me tocó un poco el culo y yo lo rodeé con mis brazos. ¿Y sabes? Ay… qué vergüenza… pero en ese momento sentí calorcillo allá abajo y cada vez que lo recuerdo me pasa lo mismo.
Las dos nos pusimos a reír nerviosas, y yo escondiéndole que al contarme esas cosas, también me estaba pasando algo parecido.
―¿Qué más? ¿Sólo te besó una vez?―volví a preguntar esta vez sin esconder mis ganas de saberlo todo.
―¡Nooooooo! Nos sentamos en la acera, fuera de la luz de las farolas, y nos besamos muchas veces más. Cada vez su lengua entraba más y se ponía más dura y yo cada vez aguantaba más rato dando vueltas con la mía. Luego me tocó una teta por encima de la camiseta y me apretó un poco y… ufff… Luego me acompañó a casa y me dijo que hoy me llevaría a dar una vuelta en su moto.
―¡Que envidia, Joana!―le dije abrazándola.
Las dos nos reímos como tontas y seguimos hablando un buen rato de su experiencia. 
Después elegimos juntas qué ropa se pondría para ir con Daniel esa tarde y yo me fui a mi casa pensando ya que los besos, al fin y al cabo, no debían estar del todo mal.

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