domingo, 13 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capitulo 24)

✤ Capítulo 24. ¡Ay ho! ¡Ay ho! Vamos a trabajar ✤
Nuestros esfuerzos de buscar sin perder la esperanza y de manera continua un trabajo dieron buenos resultados. Joana empezó como ayudante en un centro en el que había personas discapacitadas de todas las edades. Se la veía muy feliz realizando el trabajo por el cual había estudiado durante tantos años y además estar tan ocupada la ayudaba a superar rápidamente la ruptura con Daniel.

En su centro se hacían muchas excursiones y salidas que ella misma tenía que organizar, y era una satisfacción enorme llegar a casa y contar lo bien que había salido todo. Era lógico que todas las personas con las que trataba, así como para las que trabajaba, estuviesen contentas con ella y la quisiesen tanto, y con suma alegría y un sentimiento profundo de admiración, empecé a notar como mi amiga retomaba las riendas de su vida y la confianza en sí misma.
Yo también tuve mucha suerte y me ofrecieron trabajar en un centro en el que se ayudaba con refuerzo escolar, personal y emocional, a diferentes niños con problemas tanto físicos como mentales. Lo cierto es que si este trabajo no se conoce y no se ha vivido, puede parecer duro y complicado y, aunque sin duda lo es, la verdad es que da tantas satisfacciones personales y enseña tanto a quienes nos llamamos “normales” que no lo hubiese cambiado por nada del mundo.
Trabajábamos unas cinco horas diarias fijas y la mayoría de los días se convertían en más de siete, así que llegábamos a casa reventadas y no nos veíamos mucho pero hablábamos por teléfono cada día.
―Deberíamos hacer algo para vernos más a menudo―me estaba proponiendo Joana.
―Lo sé, yo también te echo de menos, pero te aseguro que estoy medio muerta cuando llego a casa.
―Se me está ocurriendo algo…
La idea fue buscar un piso pequeño de alquiler en el que poder vivir juntas y me pareció algo genial. Así que con la promesa de ponernos cuanto antes a buscar uno dentro de nuestras humildes posibilidades, nos despedimos esa noche.
Los días iban pasando y nuestras conversaciones nocturnas con la voz llena de sueño siempre se decantaban por ese próximo acontecimiento que con un poco de suerte iba a suceder en poco tiempo, pero una noche, los fantasmas de un pasado que parecía ya muerto y enterrado volvieron a aparecer.
―Hoy he visto a Daniel.
Mi estómago se encogió a la vez que mi pecho se oprimía, pero no dije nada esperando a que ella continuara hablando.
―Ya hace unos días que me pareció verlo cuando salía del trabajo pero hoy estoy segura de que era él.
―¿Pero has hablado con él?―pregunté no sé si mas asustada o más preocupada.
―No. Estaba en la acera de enfrente y en cuanto vio que lo miraba, encendió la moto y se fue. Creo que me está espiando y no sé desde hace cuánto.
―Joder, Joana… tienes que decírselo a Antonio y procurar no salir sola del trabajo. A saber qué coño quiere ese ahora…
―¿Y qué va hacer? Yo ya no soy la estúpida de antes, Derah, así que si viene a hablarme lo mandaré a la mierda.
―No es por ti, nena. Es por él. Quien me da miedo a cómo pueda reaccionar es él.
―¿Entonces qué hago? ¿Me escondo el resto de mi vida?
―No, no digo eso, pero… es que no sé qué deberías hacer…
―Bueno, mira, si sigue viniendo al trabajo y yo lo veo, se lo diré a Antonio y ya veremos qué hacemos.
Esa noche no dormí tranquila y no logré hacerlo hasta que después de tres días más con la aparición de Daniel en el trabajo de Joana, tomamos la decisión de hablar con su hermano. Hacía mucho tiempo que no veía a Antonio y tenía miedo, para variar, de su reacción a mi clara huída después del beso furtivo en su casa.
―Mañana vendré yo a recogerte a la hora de plegar del trabajo y le pondré las cosas claras: si no deja de incordiarte iremos a la policía a poner una denuncia.
―Pero es que en el fondo no hace nada―dijo Joana.
―Es igual. Ahora no hace nada, pero está claro que ese tío está mal de la cabeza. Así que haremos algo antes que sea demasiado tarde. Como la otra vez―sentenció Antonio.
Nos pareció una buena idea y desde luego lo fue. Daniel desapareció de la vida real de mi amiga, aunque siguió mucho tiempo en su vida interior.
―Bueno, pues entonces ya está. Me voy a mi casa ya porque mañana madrugo―anuncié cogiendo mi chaqueta del respaldo de la silla del bar en el que estábamos sentados. 
―Hablamos luego―me dijo Joana mientras me alejaba.
―¡Derah! Espera un segundo―dijo Antonio levantándose y acercándose a mí―. ¿Podemos hablar unos minutos?
―Claro, dime.
La atenta mirada de mi amiga era como un taladro, pero la lejanía de su posición le impedía, y eso estaba claro que la fastidiaba, escuchar nuestra conversación.
―Hace tiempo que quería hablarte de lo que pasó en mi casa, pero tú pareces estar siempre a la defensiva y ocupada.
―Antonio… yo…
―Oye, Derah, no fue nada malo. Al contrario. A mí me pareció que ambos lo estábamos deseando, pero me da la impresión de que te cuesta aceptarlo. ¿Me equivoco?
Mi silencio supongo que le dio la razón y la fuerza necesaria para seguir hablándome.
―Intentémoslo. No perdemos nada con ello.
―Podríamos perder nuestra amistad y no puedo permitírmelo. Lo siento, Antonio. 
Me di media vuelta y me fui temblando hacia mi casa. Quizás no hiciese falta tener una relación de pareja para perder a Antonio. A lo mejor ya lo estaba perdiendo con mi comportamiento absurdo, pero se me hacía muy cuesta arriba aceptar mis sentimientos y traspasar la barrera. ¿Qué me pasaba? Después de Alejandro no había tenido ninguna otra relación hasta ese punto. Algunos tonteos en alguna discoteca, pocos besos fugaces y alguna mano que iba más allá de lo habitual, pero nada más. No es que me faltaran pretendientes, al contrario. Siempre tenía a algún chico rondando, pero me era imposible ir más allá. No sentía las ganas ni la atracción suficientes. Y por supuesto, no había sentimientos.
Esa noche soñé con la habitación de hotel en la que había descubierto el sexo junto a Alejandro, pero cuando vi la cara de mi contrincante en el ruedo de la cama, me descolocó ver que era Antonio. Los miedos, las inseguridades y las dudas empezaron a recorrer mi cuerpo y a invadir mi mente, e intenté alejarlos tanto a ellos como a mis sueños y al deseo que sentía crecer en mi interior de la única manera que sabía: dibujando.

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