sábado, 12 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 23)

✤ Capítulo 23. ¿Ya no somos amigas? ✤
―Roncas―le dije a Antonio a modo de buenos días.

―Y tú hablas dormida.
―¿Sí? ¿Qué digo?
―¡Más! ¡Dame más, Antonio! ¡Más! ¡Sí! Mmmmm así…
Primero le di con la almohada en la cara y luego le pellizqué un brazo. Riendo y con un solo movimiento, Antonio logró desarmarme sosteniendo mis brazos hacia arriba y poniéndose encima de mí. 
―Esto es por culpa de los pellizcos. Me gustan―me dijo moviéndose con un suave balanceo sobre mi pelvis y haciéndome notar su dureza.
―¿Vamos a estar así el resto de las vacaciones?―Sonreí pasándome la lengua por los labios.
El sonido de la voz de Joana nos sacó de nuestro mundo.
―¡Ey chicos! ¿Aún estáis durmiendo?―preguntó llamando a la puerta.
―No. Ya abro―respondí―. Tápate un poco y ponte boca abajo―añadí señalando con la mirada su excitación y susurrando.
Me levanté y me puse la camiseta de Antonio, que me llegaba casi a las rodillas, antes de abrir a mi amiga. 
Joana subió el escalón y se paró justo en la puerta. Su mirada pasó de su cama sin deshacer a la mía completamente deshecha y en la que estaba su hermano tapando su cuerpo a medias con la sábana. Luego sus ojos se encontraron con los míos y fueron directos a los de su hermano. La boca de mi amiga empezó a abrirse lentamente y se quedó abierta unos segundos antes de empezar a gritar.
―¡Síiiiiiiiiii! ¡Por fin! ¡Aleluya! ¡Síiiiiiiii!
―¿Qué pasa?―preguntó Jorge asomando la cabeza y alertado por los gritos de Joana.
Entendió al momento lo que había pasado en la caravana y pareció incluso él aliviado y contento por los acontecimientos.
―Voy a preparar café―dijo entonces antes de marcharse.
Joana entró en la caravana a por ropa y no dejaba de mirarnos sonriendo. Yo me había sentado en la cama junto a Antonio, que seguía tapado con un hilo de sábana.
―Bueno, voy a ducharme―nos informó Joana.
―Ahora salimos nosotros también―respondí yo.
―En un rato―aclaró Antonio.
Joana se paró en la puerta al escuchar las palabras de su hermano.
―Será en un rato bastante largo. Eso no se baja en dos minutos.
La carcajada de Joana al cerrar la puerta fue tremenda y yo no pude hacer otra cosa que reírme también. La tentación de acabar lo que habíamos empezado jugando hacía tan sólo unos minutos era muy grande. 
―Si no paras de besarme, no saldremos de aquí en todo el día. ¿Lo sabes verdad?―Me dijo Antonio todavía con la excitación latente.
Logramos contenerla con la promesa de retomar el juego más tarde reflejada en nuestros ojos y en nuestros besos.
Salimos ya listos para ir a la playa y le dijimos a Jorge y a Joana si querían venir y aceptaron. El día era soleado y pasamos una mañana increíble siendo dos parejas completamente libres de pesos absurdos a nuestras espaldas. Antonio y Jorge parecía que habían congeniado muy bien y en ese momento estaban metidos en el agua y charlando a saber de qué. Nosotras estábamos tumbadas en nuestras toallas. Joana boca abajo y yo al revés.
―Estoy preocupada―me informó Joana.
―¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
―Sí.
―¿Qué?―pregunté alarmada y girando la cabeza hacia mi amiga que seguía con la suya hundida entre sus brazos cruzados.
―Creo que ya no somos amigas.
―¿Ya no somos amigas?
―No. Ahora somos cuñadas.
El grito de dolor que pegó Joana al sentir un latigazo en su culo fue espectacular. Yo le había levantado las braguitas del biquini y las había soltado de golpe. Se levantó de un salto y se puso a horcajadas encima de mí.
―Cuéntamelo. ¡Cuéntamelo todo! ¿Sientes el alma llena?
―Y otras cosas también―respondí riendo.
―Guarra.
―Tú más.
Nuestros hombres llegaron justo a tiempo de ver nuestra pelea en la arena.
―Joder, no habéis cambiado en treinta años―dijo Antonio sentándose en la arena.
―¿Esto es siempre así?―preguntó Jorge.
―Ya te contaré…―añadió Antonio.
Decidimos volver a la caravana a comer y durante la sobremesa pensamos que sería una buena idea alquilar las pistas de tenis por la tarde, cuando empezara a refrescar. La verdad es que ni Joana ni yo teníamos ni idea de jugar a tenis y nos pareció divertido intentarlo. Así fue. Las pelotas parecían traspasar la red de nuestras raquetas porque no dábamos ni una, pero las risas descontroladas y la alegría que ambas desprendíamos era contagiosa, y al final nuestras parejas se dieron por vencidas a no tomarse en serio las partidas.
Por la noche cenamos los cuatro juntos y de nuevo cada pareja se fue hacia sus ya respectivas caravanas.
―¿Eres feliz?―me preguntó Antonio durante esos instantes tiernos en los que los corazones vuelven poco a poco a su ritmo habitual.
―Soy muy feliz―respondí apoyando mi cabeza sobre su pecho desnudo y dejando que se meciera al compás de su respiración―. ¿Qué pensabas de mí cuando de pequeña iba a tu casa?
―Que eras una mocosa tímida que se tiraba eructos enormes.
―Eres idiota.
―Siempre me gustaste, pero nunca me dejaste demostrártelo.
―¿Siempre?
―Siempre.
―Tenía miedo de que no funcionara y entonces perderte.
―¿Ya no tienes miedo?
―No. Ahora sólo tengo sueño.
―¿Dormirás el resto de tus días a mi lado?
―¿Es una propuesta?―pregunté levantando mi cabeza para mirarlo a los ojos.
―Es una necesidad.
Ahí estaban otra vez las mariposas. Revoloteando como nunca y libres de miedos e inseguridades.
―¿En tu casa o en la mía?
―Da igual. La que elijamos será a partir de ahora de los dos.
Lo besé como nunca y recibí a cambio el mejor beso de mi vida. No estaba en la caravana ni de vacaciones. 
No estaba en la playa y no estaba en un camping. Simplemente estaba y me sentía en casa dentro de su boca.

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