viernes, 11 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo22)

✤ Capítulo 22. Rompiendo hábitos ✤
Joana y yo estábamos en la difícil tarea de encontrar un trabajo para lo que habíamos estudiado. Tanto la una como la otra nos habíamos decantado por los trabajos sociales: Joana con personas con discapacidad y yo con niños que necesitaban educación especial.

La cosa estaba muy complicada, pues los trabajos escaseaban y los que había eran con unas condiciones bochornosas. Aún así no desistíamos en el intento de encontrar por fin uno que nos llenara en todos los sentidos.
Una tarde decidimos ir a la ciudad vecina y hacer el recorrido de diferentes centros que habíamos encontrado en Internet. Teníamos una especie de plano hecho para poder llegar sin complicaciones a todos los lugares que habíamos anotado como interesantes y prometedores. Por lo menos dejaríamos nuestros CV, lo cual ya era un paso para lograr un trabajo.
―¡Ostras! No avisé a Daniel de que estaría todo el día fuera para esto.
―Bueno, si llama a tu casa, tu madre ya lo pondrá al corriente.
―Sí…
El hecho de no haber avisado a Daniel ya me hizo suponer que tendrían una pelea tarde o temprano, y la respuesta escueta y casi susurrada de mi amiga me lo confirmó. De todas formas nosotras seguimos con nuestro plan. Dedicamos unas horas por la mañana y después de comer en un bar, seguimos hasta más de las siete de la tarde con nuestra aventura de dejar nuestros datos en los diferentes centros.
―¿Te dejo en casa o te acerco a algún sitio?―le pregunté conduciendo ya de vuelta.
―Mejor me acercas al bar donde suele estar Daniel.
―¿Quieres que me quede?
―No…
Aprovechando un semáforo, Joana se bajó de mi coche para dirigirse andando al bar que quedaba a pocos metros. Yo no estaba segura de si hacía bien o no al dejarla sola, pero por otro lado también pensé que no podía entrometerme en lo que fuera a pasar o no.
Cuando la puerta de mi cuarto se abrió dejando pasar a una Joana descompuesta, comprendí que sí había pasado algo.
―He dejado a Daniel―me dijo corriendo a mis brazos y llorando desconsoladamente.
―¿Qué ha pasado?
―Me ha pegado una bofetada.
―¿Qué? ¡Ese malparido se las va a tener que ver conmigo! ¿Estás bien? Déjame verte―le dije apartando su cara de mis hombros para estudiarla.
―Estoy bien… sólo ha sido una bofetada…
―¿Sólo?
Por lo visto Daniel, nada más llegar mi amiga al bar, le dijo de ir a dar una vuelta en su amada moto. Cuando llegaron a uno de los pocos descampados que quedaban en nuestra ciudad, le preguntó dónde había estado todo el día. Ella le empezó a explicar lo que habíamos estado haciendo y en un momento dado Daniel le dijo que no podía estar todo el día fuera de fiesta. A eso Joana le dijo que no había estado de fiesta, intentando repetirle lo que realmente habíamos hecho. 
―Se puso a gritarme como un loco y le dije que no me gritara y que me llevara a casa. Pero en vez de eso se me acercó para darme un beso y yo lo rechacé y, antes de que me diera cuenta, me había abofeteado. Luego Daniel le pidió perdón. Como Joana estaba asustada, le dijo que lo perdonaba y que la llevara a casa.
―Hemos terminado, Daniel. No quiero seguir con lo nuestro―le soltó mi amiga al bajarse de la moto frente a su casa.
Estuvieron discutiendo de nuevo un buen rato pero mi amiga no cambió de idea y con un “esto no quedará así” por parte de Daniel, se quedó esperando a que la moto desapareciera de su vista para venir corriendo a mi casa.
―Has hecho lo correcto, Joana. 
―Lo sé… lo sé, Derah. Pero tengo miedo.
―No te pasará nada. Ya sabes que es un cobarde. Escucha, esta noche quédate en mi casa a dormir. Pégate una buena ducha y descansa. Yo bajaré a llamar a tu madre para decirle que estás en mi casa. Y luego prepararé algo para cenar las dos aquí en mi cuarto. Mientras ella hacía lo que yo le había sugerido, aproveché para ir a su casa en busca de Antonio.
―¡Le voy a reventar la cara a ese cabronazo!―me dijo Antonio tras contarle lo sucedido.
―No, no. Mira, lo importante ahora es que Joana no recule. Ha tomado la decisión que todos estábamos esperando y lo mejor que podemos hacer es estar a su lado sin provocar más complicaciones.
―Quizás tengas razón. No iré en su busca, pero si me lo encuentro no puedo prometerte nada.
―Bueno, me voy. La he dejado en la ducha y ya debe haber salido.
―Gracias, mocosa. Tiene mucha suerte de tenerte como amiga―me dijo dándome un abrazo.
El momento duró unos segundos más de lo que podría considerarse un abrazo normal y, al separar nuestros cuerpos, nuestras miradas se encontraron así como nuestros labios. 
¿Qué estaba pasando? Otra vez esas mariposas llegaron a mi estómago.
―Derah… yo…
―Me voy, Antonio. Buenas noches.
Salí de su casa aturdida y con la esperanza de que mis palabras dejaran por olvidado lo que acababa de pasar, pero cuando llegué a mi casa y encontré a Joana dormida sobre una de las camas de mi cuarto, todavía no había sido capaz de olvidar nada.
“Estamos confundiendo nuestro aprecio de tantos años viendo como crecemos, de tantas cosas vividas juntos, con algo que no es.” Pensé. ¿Pero entonces por qué me sentía tan extrañamente bien? 
Los días pasaron relativamente tranquilos. Daniel no paraba de llamar de casa de Joana a la mía, hasta que finalmente Antonio perdió la paciencia y fue a verlo. Nunca supimos qué le llegó a decir, pero las llamadas fueron espaciándose hasta desaparecer del todo una buena temporada. A la vez que pasaba todo esto, Antonio y yo nos vimos casi cada día, pero aún dándome cuenta de que me buscaba con la mirada para preguntarme algo a lo que yo no podía ni quería responder, yo no era capaz de sostenérsela y buscando excusas tontas y simples, cada vez mi amiga y yo nos veíamos más en mi casa que en la de ella.
Estaba huyendo de mis sentimientos y empezando así a llenar mi mochila.

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