jueves, 10 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 21)

✤ Capítulo 21. Cierra la puerta ✤
De madrugada, no me extrañó ver que Joana no había venido a dormir. Medio desvelada y medio no, y sonriendo yo sola, se me ocurrió que a ese ritmo Jorge tendría que volver pronto a ir de “compras”. Buscando en la nevera algo con lo que suplir un cigarro a una hora nada apropiada para castigar mis pulmones, me decanté por un buen vaso de zumo de melocotón acompañado de galletas de cereales.

Mi blog estaba quedando muy bien, bajo mi punto de vista, pero como se me olvidó poner a cargar el portátil de Jorge antes de acostarme, no pude dedicarme a ello en ese momento. 
Estaba claro que la razón por la que me había despertado tan temprano era la llegada de Antonio. Las conversaciones conmigo misma últimamente habían cambiado mucho. Lo que antes me negaba a reconocer ahora estaba clamando por salir afuera a marchas forzadas. Era cierto que para mí Antonio había sido como un hermano durante mucho tiempo, pero en algún momento dejó de serlo para empezar a ser un hombre que desbarajustaba mi estómago con mariposas alocadas y completamente descontroladas.
Quizás fue aquella vez en el cine, cuando su mano se posó sobre la mía y ninguno de los dos nos miramos. No podría asegurarlo, pero tenía claro que los sentimientos que había dejado encerrados en mi mochila tanto tiempo y que pesaban como piedras de granito enormes, por fin habían pasado a otro lugar más confortable.
Decidí ir a las duchas para hacer tiempo, y me deleité en el silencio y la soledad que daban esa hora tan temprana. Al salir envuelta sólo en la toalla, pues no pensaba que a esas horas habría nadie despierto, pensé en ir a la playa y volver a bañarme desnuda. Pero descarté la idea enseguida, pues habría sido una estupidez después de estar tanto rato duchándome, enjabonándome y aclarándome.
A las dos horas, Jorge y Joana aparecieron también, y volví a desayunar en su compañía.
―Derah, ¿te importa que Jorge y yo hoy vayamos a una de esas excursiones en bici?
―¡Por supuesto que no! 
―Además, en breve estarás bien acompañada―añadió con picardía.
Arreglaron sus mochilas y los acompañé hasta la entrada del camping para desearles un buen día y me volví a la caravana. Antonio ya tenía toda la información necesaria para llegar a nuestra parcela y en recepción aprovechamos para informar de su llegada.
Tranquila y a la vez nerviosa, algo difícil de entender, me alegré de que el portátil ya estuviese cargado y así poder sumergirme en mi blog y no mirar el reloj cada medio minuto.
La puerta de la caravana se abrió y yo me quité los audífonos para entender qué estaba diciendo Antonio mientras entraba.
―…y pensé que no había nadie.
―Hola, Antonio. Tenía la música muy alta―dije mientras intentaba meter de prisa en la carpeta los dibujos esparcidos sobre la mesa y cerraba el ordenador. Me pareció retroceder en el tiempo.
―No los escondas. No están hechos para estar escondidos.
Supongo que mi cara de sorpresa lo incitó a seguir hablando.
―Son maravillosos. Como tú.
―¿Desde cuándo sabes que dibujo?
―Desde la semana santa que te quedaste en nuestra casa. Vi que intentabas esconder algo y entré cuando no estabais para ver qué era. Esa semana descubrí dos cosas asombrosas: una, que dibujas de maravilla; dos: que tienes un culo todavía más bonito cuando se ve en bragas.
―Cierra la puerta, Antonio. Con llave.
Lo hizo sin darme la espalda y yo me acerqué a él sin dejar de mirarlo. Nuestros labios se juntaron temerosos y expectantes a la reacción del otro, pero el momento dio paso rápidamente a una necesidad desbocada de conocer el rincón más escondido de nuestras bocas abiertas. 
Sus manos recorrían mi nuca despejada atrapándome y apretándome contra su boca con fuerza y deseo.
―Estás… preciosa con el… pelo corto―dijo entrecortadamente.
Sin poder contenerme, empecé a desabrocharle los pantalones y a subirle la camiseta todo al mismo tiempo. Tenía una necesidad imperiosa de sentir su piel sobre la mía. El hizo lo mismo con el vestido que llevaba puesto y en un solo movimiento me quedé desnuda. No sentía vergüenza, solo sentía deseo.
Ayudada por él, también quedó desnudo y expuesto a mis ojos, pero sólo por poco tiempo, pues me era imposible mantenerlos abiertos ante sus besos y caricias. Juntos, sin despegarnos ni un solo segundo, nos dirigimos a mi cama y nos tumbamos en ella lentamente, sin dejar de besarnos, tocarnos y sentirnos.
Sus manos recorrieron mis pechos erguidos y sensibles a todas sus caricias, y yo busqué casi con desesperación la parte de su cuerpo que estaba dura y desafiante rozándome la piel de los muslos.
Un gemido salió de su boca en el momento en que por fin una de mis manos lo atrapó con dulzura y ese sonido gutural y espontaneo dio paso a otros muchos más cuando mi boca empezó a recorrer su pecho. Notaba su corazón en cada poro de su piel.
Con suavidad y lentamente, me apartó para tumbarme boca arriba y quedarse quieto mirándome.
―¿Sabes cuántas veces he imaginado esto?―me preguntó con los ojos llenos de pasión.
No esperó mi respuesta y bajó sus labios a mis pezones. El arqueo involuntario e incitante de mi cuerpo era cada vez mayor, y sus manos pasaron por debajo de mi espalda para atraerme hacia él con más fuerza y ganas.
Con un baile improvisado pero a la vez como si lo hubiésemos ensayado mucho tiempo, nuestros cuerpos se acoplaron a la perfección. En uno de los movimientos de esa danza rítmica, sentí toda su excitación abrirse paso en mis entrañas.
Fue maravilloso darme cuenta de que éramos uno, y nuestras lenguas jugaban inquietas y desenfrenadas la una con la otra, pasando luego a nuestros cuellos, a nuestros lóbulos y volviendo a encontrarse después de que nuestros dientes mordieran todo a su paso.
―Estoy a punto, Derah… voy a tener que salir…―me dijo recordándome en ese momento que no habíamos tomado precauciones.
―No…―dije levantando mis piernas y rodeándolo con ellas.
La fuerza de mis piernas abrazándolo y empujándolo hacia mí, dio paso a unas embestidas más rápidas y directas. Noté como su esencia se derretía en mi interior siendo el alimento perfecto y necesario para mi alma, y en el mismo instante, me pareció explotar por cada milímetro de mí misma, echando chispas como una bengala de colores vivos y ardientes.
Todavía meciéndose sobre mí, sintiendo todo el peso de su cuerpo sobre el mío, acercó su boca a mi oído.
―Te quiero tanto…
―Y yo a ti, Antonio… y yo a ti…
Comimos desnudos sobre mi cama con la seguridad de que ni Joana ni Jorge llegarían antes de la tarde. Aproveché para ponerlo al día de la relación de su hermana con nuestro vecino y pareció igual de feliz de saber que todo iba bien. Mientras hablábamos, nuestras manos no dejaban de jugar sobre la desnudez de ambos cuerpos, con caricias suaves e inocentes. 
Pero poco a poco, esas caricias fueron tomando un rumbo diferente. Nuestros dedos tocaban el cuerpo del uno y del otro de una manera más sensual, parándose en zonas que era evidente que despertaban con el roce y las intenciones. Su mirada empezó a ser diferente y estaba segura de que la mía también había cambiado. La excitación libre de ropa de Antonio era el reflejo de la mía propia. Volvimos a tenernos una vez más el uno al otro. Esta vez con la pausa y la lentitud que la seguridad de nuestros sentimientos ya expresados nos daba a ambos. 
Cuando decidimos ir a las duchas para vestirnos ante la inminente llegada de la pareja de excursionistas, y en la soledad de la ducha para mujeres, me sorprendí pensando en que comprendía perfectamente esas ganas expresadas hace unas horas por mi amiga hacia Jorge. Hubiese querido tener conmigo en ese mismo momento a Antonio, y deleitarme con su piel mojada durante horas.
Cuando llegamos a la caravana, Jorge y Joana también habían llegado y tras las miradas interrogativas de mi amiga, a las cuales yo no hice caso, y las presentaciones oportunas, pasamos una velada maravillosa en compañía.
A la hora de irnos ya a dormir, Joana nos informó de que iba a hacerlo en la caravana de Jorge.
―No hay problema―dije yo―. Buenas noches.
Nos despedimos sin darle tiempo a Joana a ninguna pregunta ni siquiera a través de la mirada, y las puertas de las dos caravanas se cerraron a la vez atrapando así dos historias diferentes y al mismo tiempo tan iguales.

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