lunes, 31 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 11)

✤ Capítulo 11. Cambio de look ✤
La piscina, con su jacuzzi y su fuente, nos había dejado completamente como nuevas. Las dos agradecimos el haber estado dos días completos cocinando como locas en casa, pues era todo un gusto llegar y tener la comida lista para alimentar nuestros estómagos enfadados y rugientes.

―¿Viste la chica que llevaba el pelo de color rojo?―me preguntó Joana ya con dos tazas de café en la mano acercándose a la mesa.
―Era imposible no verla.
―Pues me gustaría hacerme ese peinado.
―¿Rojo?―pregunté alarmada.
―No burra, dije peinado, no color.
―Ah. Perdone usted.
El café estaba delicioso y más aún con la bola de helado de vainilla que Joana le había metido dentro. No sabría decir si había más helado o más café.
―Pues háztelo. Esta misma tarde vamos a la peluquería del camping. Está al lado de las oficinas.
―Será muy cara…
―¡Que le den! Lo que nos estamos ahorrando en tabaco, nos lo gastamos en pelos―añadí riendo.
―¿Y Jorge?―preguntó Joana.
―Uy uy uy uuuuuuuuuuy, Jorge…
―No seas tonta.
―Pues está bien rico.
―No está mal.
―Y te mira de esa manera de mmmmm.
―Burra.
―¿Y por qué no? No le debes nada a ese desgraciado―en cuanto salieron las palabras de mi boca me arrepentí―. Perdona, quise decir…
―Calla, tontita. Dijiste justamente lo que quisiste decir―dijo Joana riendo.
―¿Te gustaría un romance veraniego?
―No sé. Yo nunca he estado con nadie más―no dije nada porque sabía que no había acabado su reflexión―. Pero sí, sí me gustaría. 
―Pues adelante. Flirtea, coquetea, diviértete, siente, experimenta… Yo te apoyo en todo. Hasta soy capaz de dejaros la caravana y de dormir en la playa para no escuchar tus gritos de placer y de lujuria.
Las dos rompimos en una carcajada y nos miramos con cara lascivas y sacando las lenguas.
―¿Interrumpo?
De nuevo Jorge nos pillaba de lleno en una de nuestras locuras compartidas y de nuevo Joana se puso colorada como un tomate.
―Justamente hablábamos de…
―De ir a la peluquería esta tarde―me interrumpió mi amiga fulminándome con la mirada.
―Ah… Pensé que haríamos lo de las fotos―dijo contrariado Jorge.
―Sí, sí. Iremos ahora mismo a ver si nos cogen y en un rato estamos de vuelta. ¿Te va bien?―pregunté.
―Vale. Mientras comeré algo y os espero.
Recogimos de prisa los pocos platos que habíamos ensuciado y los juntamos a los que ya estaban sucios.
―Menudas guarrillas estamos hechas. Habrá que ir a fregar los platos un día de estos―me dijo ella mirando el fregadero.
―Cuando volvamos de la pelu iré yo mientras tu ligas libremente con don Jorge.
―Vale―respondió ella sin dudarlo.
―¿Vale? ¿Has dicho vale? ¡No me lo puedo creer! ¡Ven aquí y dame un abrazo!
Nos fuimos decididas a hacernos un cambio de look de los que hacen historia y realmente lo conseguimos. Joana se rapó el pelo a los lados dejando solamente su larga cabellera en medio y con un flequillo en forma de flecha hacia abajo. La verdad es que estaba guapísima. Si se lo recogía en una coleta, se veían perfectamente las zonas laterales rapadas. Y si en cambio se lo dejaba suelto, se disimulaban tanto que casi eran imperceptibles.
Yo, por mi parte, me corté el pelo cortísimo de un lado y solamente un poco más largo del otro, haciéndome un flequillo recto y dejando una trenza larga y fina en el lado donde el pelo era más corto.
―Vaya, chicas, estáis verdaderamente estupendas―nos dijo Jorge nada más vernos pero mirando claramente a mi amiga.
―Gracias―le respondió sonriendo abiertamente Joana.
Saqué mis dibujos de la caravana y cogiendo los platos sucios, que ya habíamos metido en un recipiente de plástico grande, me dirigí sola a la zona preparada para eso y dejé a mi amiga que llenara con un poco de vida y sensaciones su alma, y vaciara a cambio su mochila personal.

domingo, 30 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 10)

✤ Capítulo 10. El descubrimiento ✤
Teníamos ya quince años pero todavía nos sentíamos princesas y aventureras casi todos los días. Habíamos cambiado nuestros juegos con dragones y caballeros por charlas infinitas sobre chicos, a los que ya no odiábamos tanto, y sobre los inconvenientes de “ser mujer”.

―Menudo rollo esto de la regla. Te dicen que ya eres mujer y lo que es… es una mierda.
―Pero las tetas crecen que dan gusto―dije yo arrancando una carcajada de mi amiga.
―Dicen que cuando dos mujeres están compenetradas, tienen la regla al mismo tiempo cada mes. Con nosotras funciona.
―Bueno, así ninguna de las dos se enfada por no ir a la piscina. Además, para ir y ver siempre a la misma gente…
―¿Qué podemos hacer hoy?―preguntó Joana enroscándose un mechón de su largo pelo entre los dedos.
―No sé. A mí me duele un poco la panza. Puta regla…
―No digas palabrotas―me amonestó ella tirándome un cojín en toda la cara.
―Serás idiota…―respondí yo con otro cojín sobre la suya.
Empezamos así una de nuestras guerras de cojinazos que casi siempre acababa con una de las dos lesionada y la otra muerta de risa. Pero ese día fue diferente. El cojín que yo acababa de tirarle a Joana, ella lo esquivó apartándose y fue a parar debajo de una de las camas de mi habitación.
―¿Qué es esto?―pregunto todavía agachada buscando el cojín y sacando una carpeta grande y enroscada.
―Nada―respondí yo levantándome del suelo y dirigiéndome hacia ella para arrebatársela de las manos.
―Ni un paso más―me dijo amenazante.
―No seas burra, Joana, y dame eso.
Pero ya era demasiado tarde. Mi amiga ya había deshecho el endeble lazo que mantenía la carpeta enroscada y estaba sacando de ella el primer dibujo.
―Derah… ¿Son tuyos?
―Sí. Ya sé que no son buenos, pero…
―¿Qué no son buenos? ¡Pero si son maravillosos! ¡Esta soy yo!―exclamó levantando el retrato y enseñándomelo―. Madre mía, Derah… pero… ¿por qué nunca me lo has dicho?
―Sólo son dibujos, Joana. No pensé que…
―¿No pensaste qué? ¡Oh! Este es precioso… es nuestro paraíso…
Me pareció ver asomar una tímida lágrima de los ojos de mi amiga y de repente me sentí turbada y sin saber qué decir. Yo sentía justamente eso cuando mis manos empezaban a moverse por las hojas en blanco. Sentía una alegría tan grande, una emoción tan intensa que, a veces, también se me escapaban lágrimas incomprensibles. ¿Pero a mi amiga?
―Acércate, Derah. Enséñamelos tú. Por favor.
―Ay, Joana, no me hagas esto. Me da vergüenza que los veas. 
―¿Pero por qué? Deberías sentirte orgullosa. Yo me siento orgullosa de ti y me gustaría mostrárselos al mundo entero. Decir: son de mi amiga Derah. 
―¿Te gustan de verdad?―pregunté temerosa por su respuesta.
―Te lo juro. Por favor, regálame el del paraíso. Necesito tenerlo en mi cuarto y perderme en él cuando me siento sola. Es tan maravilloso, tan real… como si lo estuviese viviendo. ¿Tienes más?
―Sí, muchos más―dije agachando la cabeza.
―Quiero verlos todos, Derah. Y quiero verlos contigo.
Me acerqué a mi armario con la silla a cuestas y saqué desde lo más profundo de la estantería todos mis álbumes que había escondido durante años, y las dos sentadas en el suelo empezamos a compartir algo nuevo para ambas.

sábado, 29 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 9)

✤ Capítulo 9. En blanco y negro ✤
A la mañana siguiente me desperté muy temprano y para no interrumpir los sueños de mi amiga, decidí salir fuera de la caravana y pasar un rato a solas con mi pasión: el dibujo.

Hacía ya tantos años que expresaba todos los sentimientos, sueños, ideas, temores y sensaciones a través de mis dibujos, que ya no podría recordar cuándo y cómo empecé. Sólo sé que cuando me siento ante una hoja en blanco, mi imaginación empieza a volar y se pierde por mi mente, sacando de ahí mismo cosas increíbles que ni siquiera sabía que estaban escondidas. Creo que las escondo tan bajo llave, quizás hasta con candados, que ni yo misma soy capaz de verlas hasta que las plasmo en una hoja.
―Buenos días, artista. ¿Has traído tus dibujos con nosotras?―mi amiga acababa de salir de la caravana todavía con los ojos llenos de sueño.
―Sí. Si quieres te enseño los últimos.
―¿Si quiero? ¡Por supuesto que quiero!―dijo ella sentándose a mi lado y cogiendo todos los bocetos y dibujos de una vez.
Poco a poco, sin pronunciar palabra, los fue pasando de uno en uno, parándose mucho tiempo en todos ellos. Yo seguí dibujando el que había empezado esa mañana, aunque de alguna manera ya no estaba tan concentrada en el trabajo, pues me sentía nerviosa por si le iban a gustar o no a Joana los demás.
―¡Madre mía, Derah! Es increíble lo que logras transmitir en cada una de las líneas que trazas. Me siento tan orgullosa de ti…
―Gracias―le dije todavía sin levantar la vista y sintiéndome estúpidamente avergonzada.
―Ah no… nada de eso. No me des las gracias como si yo te estuviese haciendo un favor alabándote. Lo digo de corazón y totalmente en serio. ¿Por qué te cuesta tanto creer en ti misma cuando yo creo ciegamente?
―Sólo son dibujos, Joana, no me llevarán a ninguna parte…
―Mírame ahora mismo a los ojos, Derah. ¡Mírame!
Levanté mi cara, que notaba sonrojada y caliente, para mirar a mi amiga.
―No es cuestión de dónde te llevaran a ti, que no dudo ni un momento que te llevarán lejos. La cuestión aquí es dónde logras llevar a quienes tienen el privilegio de verlos. A mí me alegran, me entristecen, me fascinan, me hacen soñar… ¿No lo entiendes? Eres una artista. Una artista que tiene el poder de reflejar cosas a través de su trabajo. ¿Crees que todo el mundo puede hacer eso?
―No… supongo que no…
―¡Por supuesto que no, Derah! Ay, mi niña―dijo acercándose a mí con la silla y cogiéndome de las manos―, esta es tu mochila, cariño. Tu inseguridad, tu imposibilidad de valorarte y de sentirte única. 
―Me vas a hacer llorar―advertí ya con lágrimas asomando en mis ojos.
―Si lo haces, que sea de alegría. Por haber entendido de una vez por todas que tienes magia en las manos.
―Gracias, Joana. No, no te enfades. Te doy las gracias yo también de corazón.
―Y además eres guapa―añadió ella sonriendo.
―Bueno, vayamos paso a paso… No pretendas que de golpe vacíe mi mochila de todas mis inseguridades―dije yo riendo.
―¿Desayunamos?
―Claro. Yo preparo café. Tú si quieres puedes ir a comprar cruasanes a la panadería.
―Vaya… que suerte la mía. Me tocó a mí la peor parte.
Tras arreglarse un poco y asearse, mi amiga se encaminó hacia la panadería y yo volví a guardar todos mis dibujos en la carpeta para esconderlos dentro y preparar el café. Justo en el momento en que iba a poner la cafetera en la pequeña vitrocerámica que llevaba incorporada nuestra casita con ruedas, mi teléfono móvil empezó a sonar.
―Hola, Antonio. ¿Qué tal estás? Tu hermana ha salido un momento para comprar el desayuno.
―Hola, Derah. Yo estoy bien, ¿y vosotras? ¿Cómo es el lugar?
―Es maravilloso, Antonio. Todavía no hemos visto mucho, pero la playa y la parcela que nos ha tocado son espectaculares. Por cierto, tesoro, gracias por prestarnos la caravana. La estamos cuidando bien.
―Tranquila. De todas formas ya tenía intención de bajarla de precio, por lo menos ahora será por una razón válida. La bajaré por ser de segunda mano, y qué manos más preciosas…
―¿Vas a venir a vernos algún día?―pregunté para cambiar de conversación por si lo de las manos iba por mí.
―Pues la verdad es que sí. Había pensado acercarme a final de semana y pasar con vosotras dos días. ¿Seré una molestia?
―¡No seas tonto, Antonio! Ya sabes que tú nunca molestas. ¡Ah! Mira. Por ahí viene tu hermana. Te la paso.
―No, no es necesario. Salúdala de mi parte. Mi intención era hablar contigo, por eso llamé a tu móvil y no al de Joana.
―Te la paso igualmente. Cuídate, guapo. Un beso.
Le pasé el teléfono a mi amiga como si me quemase en las manos. Tenía miedo. Hacía ya mucho tiempo que sentía ese temor cuando hablaba con Antonio. Notaba sus sentimientos hacia mí y yo nunca me he permitido indagar más a fondo en los míos hacia él. Sé que lo adoro como un hermano y no desearía perderlo, pero si fuera realmente sincera conmigo misma, vería que las mariposas en mi estómago que empiezan a revolotear con el simple hecho de escuchar su voz, no son mariposas de hermanos.
―¡Qué bien! Dice que vendrá a pasar unos días. ¿Te alegras?
―¡Claro! ¿Por qué no voy a alegrarme?―respondí mientras intentaba no mirarla poniendo el café sobre la mesa de fuera.
―Querida amiga tontita, el día que dejes de luchar contra tus miedos, serás realmente feliz.
―Déjalo ya, Joana, o te tiro el café ardiendo en los pies.
―De acuerdo, lo dejo. Sé perfectamente que serías capaz.
―¿Y tus dibujos?―preguntó Joana sorbiendo un poco de café.
―Los he guardado.
―Pues en cuanto acabemos de desayunar los vuelves a sacar. No he terminado de verlos todos.
―Como quieras.
Limpiamos la mesa y le entregué mis dibujos a mi amiga mientras yo decidía desde dentro qué íbamos a comer ese día. Habíamos hecho planes de ir a la piscina del camping para ver cómo era y pasar allí toda la mañana. Así que era imprescindible dejarlo todo hecho antes de irnos. Por un momento pensé que Joana había encendido la radio al oír voces charlando, pero enseguida distinguí la de mi amiga. Así que me asomé por la puerta para ver quién estaba con ella.
―Ven, Derah. Te presento a nuestro vecino. Se llama Jorge.
―Hola, Derah. Encantado.
―Hola. Igualmente.
Fue sólo al sentarme cuando me di cuenta de que ambos estaban mirando todos mis dibujos y en ese instante empecé a notar mi cara ardiendo.
―Son magníficos, Derah. Se lo estaba diciendo a Joana. Espectaculares. Deberías hacer algo con ellos. Exponerlos, venderlos, buscar alguna forma de que el mundo los pudiese admirar.
Mi vergüenza subía de grado así como la sensación térmica en mis mejillas.
―Gracias―logré decir simplemente, fulminando con la mirada a Joana.
―Creo que podríamos hacerles fotos y abrirte un blog personal en Internet. Nunca se sabe quién puede verlos y apreciar tu talento. Bueno, eso si estás de acuerdo, claro.
―Bueno… yo…
―¡Oh! ¡Qué idea más fantástica! ¿Tú sabrías hacer eso?―preguntó mi amiga interrumpiendo mi comienzo de negativa.
Estaba claro que Joana quería vaciar mi mochila a toda costa y ese pensamiento me sacó una sonrisa.
―Sí, por supuesto. Es muy sencillo. Lo primero de todo es registrarlas para que luego no haya problemas de plagios o de que puedan usarse ilícitamente. Hay un sitio en Internet que es gratuito y legal para eso. Luego es cuestión de abrir el blog y subir las fotos y, si quieres, puedes presentarte, comentarlas, añadir seguidores. Un millón de posibilidades.
―Suena interesante―dije sin mucho entusiasmo.
―Suena estupendamente genial―dijo Joana.
Quedamos en vernos por la tarde y hacer las fotos para registrarlas enseguida. Jorge se iba al pueblo a comprar algunas cosas y nosotras a la piscina. Atravesamos el camping completo, no sin admirar las flores y los árboles inmensos que parecían acompañarnos en nuestro paseo. 
Al llegar a la piscina nos quedamos impresionadas por lo grande y acogedora que era. Una gran fuente se alzaba en medio de ella y había una pequeña escalera de madera que la atravesaba para ir a un bar, de madera también, desde el que salía una música tranquila pero a la vez alegre.
Descubrimos con entusiasmo pequeños jacuzzis en diferentes sitios de la piscina y no dudamos ni un segundo en meternos en el más alejado. Justo el perfecto para verlo todo pero sin casi ser vistas. Como siempre.

viernes, 28 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 8)

✤ Capítulo 8. Nunca, nunca y nunca ✤
―Nunca me casaré―dijo Joana mientras daba vueltas como una loca con el vestido de hada largo y ancho de carnaval.

―Yo tampoco. Qué asco―respondí yo enfundada en mi vestido de primavera rosa lleno de flores secas.
Era la semana después de carnaval, pero nosotras todavía seguíamos viviendo nuestra historia personal. Ese año, tanto Joana como yo queríamos ir vestidas de largo y vivir aventuras como princesas. Habíamos decidido dejar aparcadas nuestras historias de aventureras y volver por un tiempo a ser las doncellas rompecorazones de príncipes que convertiríamos en ranas con un beso.
Las otras niñas se reían de nosotras cuando decíamos que habíamos transformado ya a cuatro príncipes en cuatro horrendas ranas.
―¡Qué tontas son! No saben ni siquiera que la historia es al revés―oíamos a nuestras espaldas.
Pero, ¿qué iban a saber ellas de nuestras historias? Nosotras éramos diferentes. Los príncipes, pegajosos e interesados en tetas y culos, nosotras los convertíamos en ranas que comían moscas y mosquitos.
Joana estaba fantástica con su vestido azul de hada. Llevaba el pelo recogido con una cinta que habíamos sacado de los cajones de su madre y yo le había pintado los párpados de color dorado, haciendo resaltar sus ojazos negros y sus pecas, junto con esos labios rojos por naturaleza.
Yo, en cambio, le había dicho a mi madre que quería un vestido de primavera. Mi pobre mamá, costurera de profesión, tuvo que inventarse un traje y pegarle flores secas junto a pequeñas piedrecitas brillantes, y por debajo ponerle mucho tul, lila también, para que el vestido quedase levantado en todo momento. Joana me había pintado flores en la cara con rotuladores de diferentes colores.
Sabíamos perfectamente que cuando nuestras madres descubrieran tanto mis flores como su pintura dorada, purpurina mezclada con cola de barra, íbamos a tener serios problemas. Pero eso no nos importaba en ese momento.
―¿Por qué las chicas quieren novios? Es que no lo entiendo. Son tontos y feos.
―Bueno, alguno guapo hay―dije yo tímidamente.
―¿Qué dices? ¿Quién?―preguntó mi amiga dejando de repente de dar vueltas sobre sí misma.
―Alejandro―respondí flojito.
―¿Quién?
―Alejandro―repetí más fuerte.
―¿Te gusta Alejandro?
―Un poco. Pero muy poco―dije temerosa de que Joana se enfadara.
―No me lo habías dicho.
Joana vino a sentarse a mi lado en el suelo, cogiendo su ancho vestido y poniéndolo abierto para no dejar de ser una princesa con clase.
―Me daba vergüenza decírtelo.
―¿Por qué?―me preguntó abriendo los ojos como platos.
―No sé. Él no me mira nunca y nosotras odiamos a los chicos.
―¡Sí que te mira, tonta! ¿Cómo no va a mirarte con lo guapa que eres?
―No soy guapa, Joana. No mientas.
―Eres muy guapa, Derah, pero también eres tonta―me dijo dándome un pequeño empujón y riéndose―. No quiero que vuelvas a decir que no eres guapa. Mi mejor amiga es la más guapa.
Su beso en la mejilla me llenó de alegría, pero esa sensación extraña de seguir creyendo que no era guapa se me tuvo que reflejar en la cara.
―Ven―me dijo cogiéndome de la mano y llevándome delante del espejo―. Mira lo guapa que eres.
―Ay, Joana, déjame. No quiero mirarme.
―He dicho que te mires o me enfadaré.
Sabía perfectamente que si no lo hacía yo por mi propia voluntad, era posible que Joana me obligara de alguna manera a mirar mi reflejo asustado y avergonzado.
―Ahora di: SOY GUAPA.
―No.
―¡Que lo digas!
―Soy guapa―dije con un hilo de voz.
―Así no vale. No te has oído ni tú misma. Repítelo gritando.
―Estás loca. No pienso gritar eso.
―¿Ah no?
Joana empezó a hacerme cosquillas por todo el cuerpo, persiguiéndome por su habitación y acabando las dos tiradas encima de su cama. Nuestros vestidos largos se nos enredaban por las piernas porque no dejábamos de movernos de un lado para otro. Ella haciéndome cosquillas y yo intentando escapar de su tortura.
―¡Grítalo! Grítalo o no pararé hasta que te mueras de risa―decía mi amiga en voz alta.
―¡Me rindo!¡Me rindo! ¡SOY GUAPA! ¡Soy guaaaaaaaaaaapaaaaaaa!―grité con todas mis fuerzas.
En este momento la puerta de su habitación se abrió y por ella apareció, como siempre, la cabeza de Antonio.
―Estáis como una chota―dijo mirándonos con desagrado―. Las dos―añadió antes de volver a cerrar la puerta.
Ambas empezamos a reír a carcajadas. 
―Hombres…―dijimos a la vez cuando por fin pudimos hablar.
―Nunca nos casaremos―dijo Joana.
―Nunca, nunca y nunca―respondí yo antes de empezar de nuevo a reír.

jueves, 27 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo7)

✤ Capítulo 7. Abriendo las mochilas ✤
Para nuestro primer día de vacaciones y aventuras, la verdad es que no teníamos planeado dormir una siesta de varias horas, pero la exageración a la hora de comernos como desesperadas una tortilla de patatas para seis personas, nos había dejado KO. 

El silencio, solamente interrumpido con el lejano sonido melódico de las olas del mar rompiendo en la orilla, actuó como una suave canción de cuna que nos transportó a las dos a un sueño profundo, seguramente lleno de imágenes que luego seríamos incapaces de recordar.
Estando inmersa en ese letargo entre la inconsciencia y la realidad, lentamente fui saliendo por el sonido incesante de un timbre molesto que poco a poco identifiqué como el tono del móvil de mi amiga.
―¿Quién osa interrumpir nuestros sueños?―dije todavía adormilada y buscando con la mirada a Joana.
La expresión de su cara me ayudó a saber quién era la persona que estaba llamando sin necesidad de preguntárselo.
―¿Qué coño quiere ese ahora? 
―Saber dónde estoy. Debe haberse enterado de que me he ido unos días contigo.
―No tiene ningún derecho a saberlo y menos aún a preguntarlo. Mándalo a la mierda, Joana.
―Si fuera tan fácil…
―Dame a mí el teléfono y verás lo fácil que es.
Me había despertado de golpe y de muy mal humor, y al ver los ojos tristes de mi amiga, me levanté para ir a su lado y sentarme junto a ella.
―Perdona―le dije cogiéndole la mano―. Sé que no es fácil, pero me repatea el estómago esta situación. Ya había desaparecido de tu vida…
Otro zumbido, acompañado del tono, nos informaba de que llegaba otro mensaje.
―No lo leas, Joana. Apaga el móvil estos días. A mí no se atreverá a llamarme y si nos buscan nuestra familia o amigos, si tu móvil está desconectado, ya llamarán al mío.
―No puedo, si hago eso será peor.
No me había ni dado cuenta de que ya era de noche. Por lo visto nuestra siesta fue tan monumental como la tortilla de patatas que todavía prometía seguir dando vueltas por mi estómago.
―Bueno―le dije mirándola a los ojos y cogiéndole el teléfono de las manos―, no lo apagues si no quieres, pero podemos dejarlo aquí mientras nosotras nos vamos a la playa a ver el anochecer. ¿Te parece bien?
Joana asintió apesadumbrada y ambas salimos de la caravana. Como vimos que hacía un poco de fresco, nos pusimos simplemente una camiseta encima de los bañadores y con una toalla cada una, traspasamos la frontera de la realidad por la puerta que daba a la playa y nos sentamos junto a la orilla.
―Algún día vas a tener que dejar el pasado atrás, Joana, y con más razón si es doloroso.
―Fueron muchos años, Derah, ¿cómo olvidarlos?
―Yo no tengo la receta para eso, cariño, pero justamente eso es lo que debemos hacer antes de regresar a casa.
Tanto mi amiga como yo no habíamos tenido suerte en el amor. Joana tuvo una relación, la primera y única importante, tormentosa y complicada. Su ex pareja, Daniel, había aparecido en su vida de repente y de repente la había desordenado. Pero en su alboroto particular sobre la vida de Joana, también se había llevado lejos a mi niña pecosa durante un tiempo que me pareció eterno. Yo nunca dejé de estar a su lado, pero no por eso la obligué a abrir los ojos. Eso era algo que debía hacer por sí sola, si bien teniendo la seguridad de que cuando lo hiciera, Derah estaría ahí.
―Hace muy poco tiempo, demasiado poco, que me he dado cuenta de lo anulada que estaba en casi todos los sentidos―dijo sin dejar de mirar el mar que ya empezaba a ser oscuro y misterioso.
―Lo sé―dije simplemente para dejar paso a sus pensamientos en voz alta sin ser interrumpida.
―Debería haberme dado cuenta antes de que su amor era dañino, ¿verdad?
―Lo importante es que te diste cuenta, no cuándo.
―¿Crees que alguna vez reharé mi vida, Derah?
―Ya lo estás haciendo. Lo estamos haciendo.
―¿Tú cómo estás? Me refiero a cómo estás de verdad―me preguntó esta vez volviendo su cara hacia mí.
―No sé. A veces me siento vacía y me pregunto si es por la falta de un hombre a mi lado. Otras veces me siento eufórica, y entonces me pregunto si no estaré loca―respondí mirándola también y sonriendo.
―¿Qué buscamos exactamente de la vida, amiga mía?
―Supongo que cuando lo encontremos lo sabremos―de repente empecé a reír―. Perdona…ufff… es que menuda respuesta, ¿no?
―Típica tuya. Profunda y de las que te dejan todavía peor―respondió ella sonriendo a la vez.
El mar seguía en calma y su vaivén nos estaba acunando los sentidos. Se veía tan inmenso como la misma oscuridad que nos rodeaba. Sólo nos llegaba un poco de luz por la espalda, seguramente de las otras caravanas que había en el lugar.
―Joana…―empecé tímidamente.
―Dime.
―Creo que deberíamos mirar en nuestras mochilas. Llevamos demasiado peso desde hace demasiado tiempo. No debe ser bueno para nuestra salud emocional cargar con todo eso eternamente. ¿No crees?
―No, no debe ser bueno.
A lo lejos se divisaban pequeñas luces que flotaban sobre el agua. Algún pescador nocturno aprovechaba la tranquilidad de la noche para concentrarse quizás también en sus propios pensamientos.
―¿Y cómo vacío yo la mía de tantos complejos, inseguridades y miedos? Dime, Joana, ¿cómo lo hago?
―¿Y cómo vacío yo la mía de recuerdos dolorosos?
De repente la luna apareció grande y hermosa de detrás de una nube iluminando nuestras caras. Sin pensármelo dos veces cogí suavemente la mano de mi amiga y le indiqué que era el momento de entrecruzar nuestros meñiques.
―Prometo ayudarte a vaciar tu mochila―le dije mirando los ojos negros y grandes de mi mejor amiga.
―Prometo ayudarte a vaciar tu mochila―me dijo ella sin apartar la mirada.
Las dos a la vez nos abrazamos y por unos instantes nos fundimos en una sola persona y nos transportamos a otros tiempos. Tiempos en los que no había nada ni nadie que pudiera achantarnos ni separarnos.

miércoles, 26 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 6)

✤ Capítulo 6. Y yo más ✤
Ya desde pequeñas éramos expertas en meternos en situaciones incomprensiblemente absurdas. No sabría decir si las buscábamos nosotras mismas o ellas nos encontraban a las dos, pero el caso es que podríamos escribir un libro, ¡qué digo un libro!, podríamos escribir una saga entera con todas nuestras locuras.

En ese momento preciso recordé una en la que ambas pasamos verdadera vergüenza, aunque como era de esperar, la vergüenza dio paso a las risas sin previo aviso.
Estábamos en el colegio y era primavera. Todavía éramos unos bichos raros a ojos de muchos compañeros, pero era indiscutible que teníamos buenos amigos, sobre todo chicos. Supongo que nuestro afán de subirnos a los árboles y jugar con los coches o a las canicas, antes de ponernos a inventar historias absurdas con muñecas tetonas y perfectas, nos daba cierta fama entre el sexo opuesto y, cómo no, cierto odio entre las niñas.
A nosotras no nos importaba, puesto que teníamos nuestros secretos en las historias que vivíamos siendo princesas o aventureras, tanto en los dos años que duró nuestro descubrimiento del paraíso como posteriormente.
Ese día nos habíamos puesto en una de las esquinas del gran patio del colegio, desde donde podíamos verlo todo pero a la vez nos sentíamos aisladas, justo el lugar perfecto para revivir la noche anterior. El hermano de Joana, Antonio, que era cuatro años más mayor que nosotras, había llevado a su casa a dos de sus mejores amigos a dormir, y como mi amiga no quería ser menos, también me había invitado a mí.
Teníamos terminantemente prohibido acercarnos a menos de diez metros de la habitación de Antonio, pero para nosotras eso no era un problema. El cuarto de Joana era contiguo al de su hermano y nosotras podíamos pasar horas pegadas con las orejas a la pared para escuchar todo lo que se hablaba al otro lado. Como si en esa habitación fueran a suceder cosas impresionantes y nosotras tuviésemos que ser forzosamente testigos.
Esa noche los chicos estaban muy entusiasmados hablando de chicas y sus voces se escuchaban perfectamente sin necesidad de usar los vasos que Joana y yo nos habíamos subido a escondidas de la cocina. El caso es que en la tele habíamos visto que para escuchar mejor a través de las paredes, los protagonistas de nuestra serie infantil preferida se ponían sendos vasos en las orejas.
La verdad es que a nosotras no nos funcionaba, porque a veces escuchábamos peor cuando usábamos ese truco. Pero era divertido vernos la una a la otra con el vaso pareciendo salir de nuestra cabeza, inmóviles y pegadas a la pared.
El caso es que esa noche ni siquiera nos planteábamos esa posibilidad puesto que los vozarrones se oían a la perfección.
―Tiene unas tetas tremendas―dijo uno de ellos.
―Pues anda que la profe de mates―añadió el otro.
―Las mejores tetas son las de las de sexto. Esas sí que son bestiales―apuntó Antonio.
Nosotras dos, tapándonos la boca, nos reíamos de los comentarios que escuchábamos. Pero en realidad nos reíamos más por la palabra tetas que por lo que decían ellos. Cuando la conversación se decantó por palabras como culo y besos, nuestras risas ya eran incontrolables.
Supongo que uno de ellos, o los tres, debió darse cuenta de que probablemente nuestras risas estaban provocadas porque estábamos escuchando detrás de la pared. De repente el silencio se hizo palpable y las dos nos metimos corriendo bajo las sábanas de nuestras camas, previendo que Antonio entraría enfadado en la habitación.
Pero no fue así, y por eso encontramos el valor necesario para volver a nuestra posición de espionaje.
El sonido que nos llegó fue como un trueno en nuestra cabeza y apartamos de golpe las orejas de la pared.
―¿Se han tirado un pedo?―pregunté a Joana tapándome la boca por la risa que se me escapaba hasta por los ojos.
Otro ruido parecido tronó en la pared. 
―¡Que cerdos!―dijo mi amiga tapándose con dos dedos la nariz.
Nuestras risas se acabaron de golpe cuando los nudillos de uno de los tres chicos del otro lado tocaron varias veces la pared produciendo ese típico toc toc.
―¿Queréis más, mocosas?―dijo Antonio.
Ahora nuestras manos tapaban las bocas abiertas por la sorpresa de saber que habíamos sido descubiertas.
Joana me miró con esa cara llena de pecas y sonriendo de una manera que anunciaba una revancha. Empezó a tragar aire de una manera rápida y sin pausa, haciéndome preguntar a mí misma qué era lo que estaría tramando mi amiga. Cuando ya pensé que no podía caberle más aire, Joana acercó su boca a la pared y, abriéndola, hizo un eructo que retumbó en toda la habitación.
Mis ojos como platos, de repente se cerraron como nunca por la risa que me entró, y mientras desde el otro lado se escuchaban risas y frases diciendo lo cochina que era la niña, Joana me incitó a hacer lo mismo.
Mi primer eructo fue patético. Un ruidito de nada en comparación a los que salían de la boca de mi amiga, pero a la quinta o a la sexta vez, por fin logré uno atronador. El problema fue que en ese mismo momento la puerta de nuestra habitación se abrió y aparecieron las tres cabezas que deberían haber estado en el otro cuarto.
―¡Joder con la italiana!―dijo uno de ellos.
Antonio me miró sacudiendo la cabeza negativamente mientras volvía a cerrar la puerta. Yo notaba mi cara encendida y caliente mientras Joana me miraba con lágrimas en los ojos por la risa.
Parecía como si el tiempo no hubiese pasado. Las dos ahí sentadas, riendo y mirándonos. Como si Joana hubiese leído mi mente, intentó serenarse para hablarme.
―Lo único que ha cambiado, querida amiga, es que ahora las dos también tenemos tetas.
Las carcajadas volvieron a inundar nuestro espacio y nuestras almas.

martes, 25 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 5)

✤ Capítulo 5. La tortilla de patatas ✤
―¿Te has dado cuenta de que desde que salimos no hemos fumado?―me preguntó Joana sacándome de mi trance.

―¿Y por qué me lo recuerdas? Ahora tengo unas ganas tremendas de meterme nicotina en la sangre―le respondí pellizcándole la mano.

―¿Nos vamos a la caravana?

―Sí, pero habrá que sacudirse bien toda la arena. La tengo metida hasta en…

―¡No hace falta que me lo digas! Ya me lo imagino, gracias.
―Iba a decir hasta en las bragas. No iba a explicarte exactamente dónde―le dije sonriendo.
Nos levantamos y empezamos a darnos palmadas por todo el cuerpo, pero estaba claro que necesitábamos una ducha. Al llegar a nuestra parcela, nos dimos cuenta de que habíamos dejado las llaves puestas en el contacto, los bolsos a la vista y todo abierto. Los vecinos, fueran quienes fueran, no daban señales de vida, y riéndonos por nuestro despiste, antes de dirigirnos en busca de las duchas, toallas en mano, cerramos todo a conciencia.
Los lavabos eran otro lugar espectacular. Limpio y con un buen aroma que entremezclaba el olor a higiene con el de ambientador. Por nuestras caras, dejamos claro sin palabras que aprobábamos por descontado los baños públicos.
Las duchas eran individuales, aunque por su tamaño, podíamos caber perfectamente las dos. Sólo nos habíamos llevado las toallas y los biquinis, puesto que no teníamos intención de vestirnos en todo el día. Íbamos a disfrutar de la libertad, del sol y del lugar a nuestro aire.
A través de las finas paredes de la ducha, nos pusimos a cantar una canción estúpida que se vio interrumpida de golpe por el sonido de la puerta anunciando la entrada de más gente. Una vez libres de arena y frescas, volvimos a nuestra casa con ruedas.
―¿Tienes hambre?―pregunté.
―Estoy hambrienta. ¿Y tú?
―Más que tú. ¿Qué tenemos para hoy?
―Mi madre nos ha hecho una tortilla de patatas enorme para las dos. ¿Te apetece?
―Menuda pregunta más tonta. ¿Cuándo he dicho yo que no a una tortilla de patatas? Y sabiendo que es de tu madre, mejor que mejor.
―¡Pues a por ella!
Teníamos el congelador y la nevera llenos de comida. Los dos días anteriores a nuestra partida nos habíamos dedicado a cocinar como locas y a guardarlo todo en tapers listos para su descongelación y su degustación. Pensamos que era una buena manera de no gastar dinero comprando cada día, y seguramente acabaríamos reventando, porque parecía que en esa caravana iban a comer veinte personas en vez de dos. 
Como nuestra parcela tenía sombra en la parte de delante y una mesa con cuatro sillas, decidimos comer fuera. Limpiamos un poco la mesa antes de servirnos los platos y demás utensilios, pero realmente no hacía falta. Se notaba que ya lo habían hecho ese mismo día. Salvo alguna hoja despistada, todo estaba limpio.
―¡Mamma mía! ¿Pero dónde va tu madre con esa tortilla?―exclamé al ver el enorme plato en el que iba majestuosa la tortilla.
―Ya sabes cómo es mi madre…―respondió Joana al tiempo que la dejaba en la mesa.
―¿La parto en triángulos?―pregunté.
―¿Para qué? Matémosla lentamente. Tú por un lado y yo por el otro.
Dicho y hecho. Con sendos tenedores y unas ganas tremendas de degustar hasta la última patata de esa delicia esponjosa, empezamos una lucha a dos bandas por acabar la tortilla. Por lo menos era de seis huevos y un quilo de patatas con cebolla, pero el caso es que entre sorbos de tinto de verano fresco, risas ahogadas por las bocas llenas y algún que otro descanso entre bocado y bocado, nos la acabamos entera.
―Voy a reventar―dije tocándome la barriga hinchada y redonda que asomaba por encima de las braguitas del biquini.
―Somos unas bestias, tía―respondió Joana intentando disimular un eructo.
―Cerda―le dije tirándole un trozo de patata despistada que se había salvado de nuestra matanza.
La respuesta de mi amiga fue un eructo de los grandes mientras alzaba su dedo medio mirándome divertida.
―¡Salud!―se escuchó desde la caravana vecina.
Las dos nos giramos a la vez y nos encontramos con un hombre atractivo y sonriente. Por lo visto los vecinos era un solo vecino. Yo empecé a reírme por la situación y el momento, y mi risa se convirtió en una carcajada cuando vi la cara enrojecida de mi amiga.
―Gracias―logró decir ella mirando al hombre que parecía divertido―, es lo que pasa cuando mi madre hace tortilla de patatas.

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lunes, 24 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 4)

✤ Capítulo 4. El paraíso ✤


Las dos tenemos la misma edad. Treinta años. En la ciudad en la que vivimos, llena de edificios, bares, dos hoteles y muchas tiendas, hace unos veinte años no había nada de eso. Por aquel entonces era un pequeño pueblo rodeado de bosques y de naturaleza. Y así fue hasta hace relativamente poco, puesto que de una manera, casi repentina, se empezaron a construir edificios y con ello la llegada de gente nos invadió. 

A ver, no quiero decir con esto que ahora sea un lugar menos bueno en el que vivir, pero lo que nadie puede negar es que con cada árbol talado se fue perdiendo un poco la magia del sitio.

Nosotras tuvimos la suerte de vivirlo y sentirlo cuando tan sólo era un pueblo, y con ocho años descubrimos muchas cosas de la naturaleza y de los bosques. Yo vivía frente a un enorme campo de maíz, y era uno de los rincones favoritos de Joana y mío cuando salíamos de la escuela o eran vacaciones. Mi madre también nos podía observar desde el otro balcón de casa cuando decidíamos inventar nuestras aventuras en el maizal.

Casi siempre éramos dos princesas a las que habían raptado y nos teníamos que escapar, y a veces, cuando se nos olvidaba ser princesas, entonces éramos aventureras en busca de un tesoro oculto y valioso. La verdad es que imaginación teníamos un rato, y habría sido muy acertado grabarnos todos los días y hoy poder ver nuestra infancia llena de fantasías por capítulos. 
Una de las tardes de mayo en las que decidimos ser aventureras, nos atrevimos a ir un poco más allá de lo que nos estaba permitido a través del maizal.

―¿Tu madre se va a enfadar?
―Ahora no está en el balcón y le podemos decir que estábamos agachadas y por eso no nos podía ver. Además, no iremos muy lejos. Si nos llama seguro que la oiremos.
―Pues venga, vamos a buscar el tesoro. ¿Tienes la espada y las flechas?
―Sí. Yo te sigo―le dije yo, escondiendo tras esas palabras mi miedo hacia lo desconocido.
―Mejor vamos juntas, cagona.
Empezamos a andar cuidadosas y cogidas de la mano hacia adelante. Nuestra meta era el bosque que siempre veíamos desde mi casa y que tan cercano parecía. Pero lo cierto es que anduvimos un buen rato, haciendo ruidos de espadas que nos defendían de animales feroces y caballeros oscuros.

―¡Ostras!―exclamo Joana―. De repente parece de noche.
―Pero no lo es―le respondí yo adentrándome también en el bosque al que ya habíamos llegado―. Mira a través de los árboles, ¿lo ves? Hay sol, sólo que ahora lo tapan los monstruos altos y verdes.
Como siempre, yo hablaba segura de mí misma, pero Joana sabía tan bien como yo que estaba asustada por haber llegado más allá de lo permitido.
El bosque era enorme, y no solamente porque nosotras fuéramos dos niñas de ocho años, sino porque realmente era grande y majestuoso. El olor a musgo y humedad nos envolvió por completo, y las ganas de aventura y nuevos descubrimientos nos dieron las agallas necesarias para adentrarnos poco a poco y en silencio.
A unos pocos metros encontramos un camino que se veía claramente que se había hecho por los pasos de la gente año tras año.
―Sigamos este camino. Si la gente lo hace será porque lleva a alguna parte.
Asentí a las palabras de mi amiga y empezamos a andar. No había un silencio total. Las hojas que se mecían al viento, nuestros pasos y respiraciones, junto con algunos animalitos, hacían de banda sonora de nuestra aventura secreta.
En algún momento perdimos la noción del tiempo y del camino recorrido, pero es que era tal la belleza del sitio que no podíamos dejar de andar para seguir descubriendo más y más a cada paso.

―¿Oyes eso?―me preguntó Joana parándose de golpe.
Agucé mi oído y también pude escuchar ese murmullo.

―¿Es agua, verdad?―pregunté yo.
Las dos, esta vez cogidas de la mano con más fuerza, nos salimos del camino para ir hacia el suave sonido del agua. Tras pasar unos cuantos árboles que parecían puestos de una manera estudiada y perfecta, pisando algunas ramas y apartando otras, llegamos a un claro en el que en medio había un pequeño lago.
―¡Oh!―Fue lo único que logramos decir ambas.
Era majestuoso ese descubrimiento. En medio de tantos árboles alineados, habíamos encontrado este pequeño lago que parecía llenarse de una no menos pequeña cascada que venía de algún lugar impreciso.
―Hemos encontrado el tesoro, Derah―me dijo apretándome la mano.

―¡Siiiiii! Un tesoro secreto―le respondí.
―¿Cómo vamos a llamarlo?
―Paraíso―propuse.
―Vale, me gusta. Este será nuestro paraíso.
No nos fue difícil volver a casa, y llegamos dentro del horario establecido y sin problemas. Esa noche Joana se quedó a dormir en mi casa, y era obvio que las dos estábamos entusiasmadas con nuestro descubrimiento que quedó en secreto. Sólo latente en nuestras miradas cómplices cuando decidíamos ir al maizal y en realidad íbamos a tumbarnos en el paraíso a escuchar los sonidos del bosque mientras entrelazábamos nuestros meñiques.
Ese verano vimos ardillas, pájaros de colores, pececitos extraños, gusanos, y un sinfín de cosas que lograron enriquecer nuestras aventuras de una manera increíble. Nos olvidamos por completo de volver a ser princesas y fuimos aventureras durante mucho tiempo. 
Nuestras excursiones al paraíso fueron creciendo igual que nosotras. Lo que antes hacíamos andando, al verano siguiente lo hicimos en bicicleta al descubrir el camino que se adentraba en el bosque rodeando el maizal.

Cada día que íbamos a nuestro paraíso vivíamos un capitulo de nuestra especial amistad, así como de nuestra vida. Con pequeñas y grandes ramas nos construimos una cabaña horrible, pero para nosotras era un castillo un día, una choza otro, la boca de un gran dragón a la semana siguiente, y de nuevo nuestro castillo cuando decidíamos que ese día no correríamos aventuras porque el rey nos había concedido un día de descanso.
Un invierno llegó uno de nuestros peores momentos. Por lo visto alguien había comprado el maizal e iban a construir sobre él unos edificios.
Nuestros ojos no podían creer lo que las grúas estaban haciendo a tantas horas de diversión y amistad, y menos aún pudimos entender cómo no sólo no se conformaban con el maizal, sino que también empezaron a talar árboles.
Estaba claro que nuestro paraíso al siguiente verano ya no iba a existir, y en su lugar, muy a pesar nuestro, nos dijeron que iban a construir una especie de aduana para camiones.
Estirada en ese momento sobre la arena caliente de la playa y conectadas por nuestros meñiques, giré mi cara hacia Joana.

―¿Recuerdas el paraíso?
―¿Cómo iba a olvidarlo?―me respondió girando su cara también y encontrándonos con la mirada.
―Por unos momentos he vuelto ahí.
―¿Me llevaste contigo?―me preguntó Joana.
―Claro, todavía estamos ahí.
Nuestros meñiques se apretaron uno con el otro y nuestras caras volvieron a situarse de frente. Ambas cerramos los ojos y estoy segura de que las dos volvimos al paraíso de nuestra amistad infantil en ese mismo instante.
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domingo, 23 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 3)

✤ Capítulo 3. La llegada ✤
―¿De quién ha sido la brillante idea de comprar tabaco de liar?―pregunté yo mientras escupía las hebras amargas.

―De las dos.
―¿Seguro?
―Bueno, vale. Quizás fue más mía, pero así ahorraremos.
―Pues no sé qué decirte. Para liar uno ya he desperdiciado cuatro papeles, se me ha caído una colilla y llevo masticando tabaco desde hace diez minutos.
Las dos nos echamos a reír porque la situación era de lo más ridícula. Yo descalza y con un bote enorme de tabaco entre las piernas, intentando liar un cigarro mientras mi amiga iba conduciendo y alternando su mirada de la carretera a mí y a mi aventura de lograr hacer un cigarrillo decente.
―Bueno, ya está. Te hago el honor de fumarte mi primer pitillo casero.
Era todo menos un cigarro. Ancho en la colilla, torcido y finísimo en la punta.
―Vale, pero enciéndemelo tú―me propuso Joana. 
Cogí el mechero y lo intenté. Juro que lo intenté, pero esa cosa extraña no tiraba, era imposible encenderla. 
Las carcajadas invadieron nuestra pequeña casa con ruedas y yo me propuse de nuevo intentarlo. 
―¡Mira!―exclamó Joana―. Ahí está el cartel del camping.
Levanté la vista y también lo vi. Un cartel enorme, con letras de colores intensos en las que se leía: Camping La Hoguera, junto a tres pequeños triángulos en forma de tiendas de campaña y una flecha anunciando que teníamos que tomar la próxima salida.
Dejé el bote de tabaco y todos los artilugios detrás de mi asiento y me puse a hacer de copiloto para no perdernos en el intento de llegar a la primera a nuestro destino. Eso era pedir demasiado, pues si había algo que Joana y yo sabíamos hacer a la perfección era perdernos siempre. Pero esta vez las indicaciones estaban muy bien situadas y en menos de veinte minutos llegamos a la entrada del camping.
―¿Estás segura de que es este?―me preguntó ella parando la caravana frente a una fuente enorme de agua que daba la bienvenida.
―Claro―respondí yo en voz baja y sacando de mi bolso los tickets de la oferta―. ¿Ves? Camping La Hoguera, y hasta sale esta fuente. 
Ambas nos quedamos mirando embelesadas la entrada a lo que prometía ser un paraíso. Habíamos conseguido en Internet una de esas ofertas que se anuncian con fecha de caducidad, pero no imaginamos en ningún momento que realmente fuera un lugar tan hermoso. A medida que avanzábamos lentamente por el pasillo de la entrada, para llegar a las oficinas, íbamos descubriendo un camping maravilloso y digno de su categoría.
Los árboles eran enormes y verdes, dando una impresión de frescura y naturaleza que se percibía ya desde dentro de nuestra caravana. A un lado podíamos ver como una cuesta conducía a lo que parecía la zona de bungalós, y al lado contrario, siempre con grandes pasillos cubiertos de espesos árboles, se podían ver las diferentes tiendas de campaña, y al fondo, lo que sin duda era la zona de caravanas.
―Antes que nada tenemos que asegurarnos de que la oferta es real, niña. Creo que si nos hemos equivocado, con el dinero que llevamos entre las dos, no tenemos ni para pasar tres días aquí.
Asentí a las palabras de mi amiga y justo en ese momento nos encontramos de frente las oficinas. Las dos bajamos a la vez y no pudimos remediar el tener que abrir los ojos, y creo que hasta la boca, para admirar el lugar. 
―Si no nos cogen los tickets yo les ofrezco fregar todo el camping cada día, pero no me voy de aquí―le dije sin bajar la vista de la copa de los árboles. 
El aire era fresco y traía desde algún lugar un olor a hierbabuena mezclado con otros dulces que, sin duda, eran de alguna clase de flores. A lo lejos se escuchaba un ruido de agua, y era curioso que dependiendo de cómo se situara la cabeza, el ruido se distinguiera perfectamente. A la derecha chapoteos y voces lejanas procedentes de la piscina y, a la izquierda, el inconfundible sonido del mar.
Entramos en la recepción y enseguida nos atendieron. Efectivamente todo estaba correcto. La oferta se puso en Internet sólo durante veinticuatro horas y había tenido bastante éxito. Teníamos una semana entera en un camping de lujo al precio de tres días en uno de los más tirados.
La chica que nos atendió nos informó de cómo llegar a nuestra parcela y nos dijo que en menos de una hora pasaría un técnico a ponernos todo lo necesario para que no nos faltara ni agua ni luz.
Joana y yo volvimos a montarnos en la caravana y con una sonrisa estiramos el cuello para parecer más importantes.
―Menos mal que tu hermano nos ha dejado este pedazo de caravana. Si llegamos con uno de nuestros destartalados coches, creo que ni nos dejan pasar de la fuente.
―Estira el cuello y pon recta la espalda. Estamos a punto de entrar en el lujoso mundo de los campings pijos.
Riéndonos nos dirigimos en busca de la parcela, y al llegar, sin decir ni una palabra, entrecruzamos nuestros meñiques y nos quedamos en silencio mirando el panorama.
Nuestra parcela en ese camping era espectacular. Estábamos en frente de la playa, que supusimos era privada, pues todo lo que se veía llevaba el logo de una hoguera en llamas. A unos pocos metros había una puerta que daba paso a dicha playa, ya que el camping estaba vallado por completo.
Aparcamos correctamente nuestra casa y al bajar nos dimos cuenta de que los dos árboles, que tuvimos que sortear para dejar la caravana bien puesta, hacían las veces de guardias a cada lado de nuestro hogar, dándonos sombra en la parte delantera.
Por lo pronto, pudimos comprobar que sólo teníamos una caravana vecina, puesto que en frente teníamos el mar y a uno de los lados la valla.
―¡Esto es magnífico, Derah! ¿Te das cuenta de que casi estamos solas?
Yo sólo pude asentir con la cabeza. En ese momento no sabía dónde se habían ido las palabras, solamente notaba dentro de mí una sensación de libertad y alegría que había tomado espacio desde la punta de mis pies hasta el último de mis cabellos.
―Buenos días.
El saludo de un hombre, ataviado con una caja y un atuendo que no dejaba dudas de que era el técnico, nos sacó de nuestras sensaciones. En menos de media hora nos arregló todo lo necesario y nos dio algunos consejos e instrucciones, dejándonos de nuevos solas.
―¿Preparo un café?―me preguntó Joana.
―A la mierda el café. Yo me voy pitando al agua.
Sonriendo y corriendo, me dirigí a la puerta que daba a la playa. Los pasos rápidos de mi amiga detrás de mí me hicieron entender que ella también deseaba sumergirse en ese mar que te invitaba a perderte.
No nos quitamos ni la ropa. Apenas nos dio tiempo de lanzar las sandalias antes de tirarnos al agua fría y salada que nos daba la bienvenida.
Gritamos, nos echamos agua, nos sumergimos y tosimos como dos locas. Tras unos largos minutos dentro del mar, salimos en busca de nuestras sandalias y, sin preocuparnos de ensuciarnos con la arena fina y caliente, nos tumbamos en ella boca arriba.
―Esto promete―dijo Joana.
―Ya te digo―respondí yo.

sábado, 22 de julio de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 2)

✤ Capítulo 2. El comienzo ✤
Llegué a España a una edad muy temprana. Exactamente a los cinco años. Para mí el cambio fue brutal en todos los aspectos. Dejaba en mi país a toda mi familia, exceptuando a mis padres, así como amiguitos con los que había crecido. 

Los primeros días, quizás semanas o meses, dado que con esa edad no tenía muy claro el concepto del paso del tiempo, no fueron del todo malos. Estaba siempre con mi madre y eso no había cambiado. Como soy hija única, siempre me he entretenido en mis fantasías y en mis diversiones, sin una necesidad consciente por tener compañeros de juego en casa. He sido muy fantasiosa desde pequeña, y cuando bajábamos al parque, me daba igual jugar o no con otros niños. Mi cabeza ya estaba llena de personajes inventados que me hablaban y jugaban conmigo.
El gran problema vino cuando tuve que empezar a ir a la guardería. Mis padres me apuntaron a una muy cerca de casa. Cuando salíamos al patio tenía la suerte de poder levantar la vista y ver desde ahí a mi madre asomada en el balcón mirándome y dándome ánimos. Eso cada día. Pero claro, la hora del patio era muy corta en comparación al tiempo que pasaba encerrada en la luminosa clase. Si a eso le sumamos que estaba rodeada de niños que hablaban un idioma que yo no comprendía y que, justamente por eso, era el blanco de sus burlas, algunas realmente crueles, la verdad es que no era para nada divertido. Aunque no entendiera por aquel entonces el significado de la palabra tonta, comprendía perfectamente por sus risas y por su manera de mirarme, que cada vez que me decían tonta, no tenía que ser nada bueno.
Al segundo o tercer día, apareció en mi vida la Joana pequeña y menuda de cinco años. Cuando me cogió de la mano para llevarme al rincón donde ella también jugaba siempre sola, me dirigí desconfiada y podría decir que hasta con miedo. Recuerdo que miré por la ventana buscando a mi madre en el balcón, pero ya no era la hora del patio y ella ya no estaba asomada.
Joana, con miradas y gestos, me dijo que me sentara y me invitó a jugar con ella con una casita de muñecas llena de animalitos de plástico.
―Gato―me dijo enseñándome ese animal plastificado.
―Gatto―le dije yo en mi idioma.
Fue así como empezó nuestra amistad. Con unas simples figurillas y el intercambio de palabras en italiano y castellano. 
Poco a poco, Joana me introdujo en el ambiente de la clase y me ayudó a estar más segura de mí misma. No recuerdo a ninguna señorita ni a ningún otro compañero de ese año. Sólo logro recordar nuestros juegos compartidos, nuestras risas y nuestras miradas.
Uno de los peores momentos de mi infancia fue cerca de las Navidades de ese año. Eran las primeras que pasaba alejada de mi familia, tanto materna como paterna, y de mi país. Eso me preocupaba bastante, porque cada día que se iba acercando más la Nochebuena, me preguntaba de una manera ansiosa e inquieta si Papá Noel sabría que me había cambiado de casa y de país, y de no ser así, ¿cómo iba a traerme los regalitos ese año?
Mi mamá me decía que no me preocupara y mi papá también me intentaba tranquilizar diciéndome que Papá Noel era muy listo y sabía todos los cambios que se producían en una casa, así como conocía si un niño se había portado bien o mal ese año.
Mis preocupaciones empeoraron cuando en la guardería, alguno de los niños, empezó a decirme que ese año no iba a tener regalitos porque Papá Noel no sabía mi nueva dirección. Uno de los días mi tristeza fue tan grande que no pude remediar el ponerme a llorar desconsoladamente en un rincón de la clase, acurrucada junto al radiador caliente.
Joana, con su pelo largo y negro, sonriéndome a mí y mirando con verdadero odio a los demás niños, se me acercó.
―No te preocupes, Derah. Papá Noel lo sabe todo.
No sé explicar el porqué, pero esas cinco palabras me reconfortaron más que ningunas otras y la creí.
Entonces acercó su meñique al mío y los entrecruzamos ambos, haciendo una extraña promesa silenciosa.
El día de Navidad, cuando me desperté, fui corriendo al salón de mi casa y me encontré con un puesto de mercado de frutas y verduras. 
―¡Mamma! ¡Papà! ¡Babbo Natale è venuto!―repitiendo estas palabras, como para convencerme a mí misma de que sí, de que Papá Noel había venido a mi nueva casa, tan lejos de la otra, empecé a poner los precios a los maravillosos tomates de plástico reluciente, a los melocotones impresionantemente perfectos, a las cerezas, a las manzanas…
Le pedí a mi mamá que llamáramos a Joana por teléfono para poder decírselo y contarle, en nuestro peculiar idioma, que ella tenía razón, que no me había fallado y, de alguna manera, yo me prometí a mí misma no defraudarla nunca, aunque por aquel entonces no conocía ni la palabra defraudar. Pero sí recuerdo que eso es lo que pensé, si bien no supiera cómo llamarlo.
Ese fue el comienzo. Luego vinieron muchas más situaciones durante todo el curso, pero todas fueron a mejor.
Joana y yo inventamos un idioma. Era una mezcla de palabras en castellano e italiano, pero usadas de forma que fuese casi imposible entendernos. Yo poco a poco también fui absorbiendo el idioma del país que ahora era mi casa y ya lo comprendía todo.
El hecho fue que, sin saber cómo ni en qué momento exacto, esas dos pequeñas niñas que siempre jugaban apartadas y hablando raro, empezaron a ser de alguna manera importantes. Con los años, si me pongo a pensar, supongo que el hecho de ver lo bien que lo pasábamos con nuestras rarezas, hizo que a alguno de los compañeros que antes nos rehuían o se burlaban, les resultaran interesantes nuestros juegos.
Sin darnos cuenta, empezamos a ser el centro de atención de alguno de ellos y poco a poco se fueron acercando para poder formar parte de nuestro círculo de dos. 
Al final de ese curso Joana y yo éramos las líderes de la clase. Con cinco años quizás no se es consciente de ello, pero fue la primera victoria silenciosa de nuestra amistad de cara al mundo. Todavía hoy, a veces cuando la miro, veo en ella esa pecosa niña morena de cinco años, y si me miro yo al espejo, también reconozco a esa italianita miedosa e insegura que intenta demostrar todo lo contrario a los demás.
Y ahora, en la carretera y con la música que queda en segundo plano bajo nuestras estridentes y desentonadas voces cantando la canción de turno, me pregunto qué aventura nos tocará vivir para encontrar ese algo que quizás perdimos hace más de veinte años en la esquina del radiador de la clase de “Las amapolas D”.


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