martes, 7 de julio de 2015

SEGUNDO CAPÍTULO CANCIÓN DE CUNA ROTA (1 Y 2) de Asia Lafant

• ● 2 ● •
―Eres puntual. Eso me gusta ―y dándome dos besos en la mejilla, me indicó un bar que había a unos pocos metros. Una vez dentro nos sentamos en una mesa para dos bastante apartada.
―Te devuelvo tu abrigo. Gracias por prestármelo ―le dije mientras me sentaba.
―No lo quiero. Ya te he dicho esta mañana que te lo regalo. Te queda muy bien.
―¡Pero no puedo aceptarlo!
―Sí. Sí que puedes. Es más, quiero que lo aceptes, o si no, no te devolveré el tuyo.
Esta vez sonreímos los dos. El camarero llegó enseguida y pedimos ambos una bebida caliente. Seguía haciendo frío.
―Dime, Nora, ¿cómo ha ido la entrevista?
―Creo que bien. Antes de una semana me llamarán para decirme si el trabajo es mío.
―Seguro que lo consigues. Yo te contrataría.
―Bueno, si ellos no lo hacen, estoy abierta a otras ofertas.
La verdad es que era muy fácil entablar una conversación con él. Era educado, galante y divertido. Estuvimos hablando más de dos horas y después de pagar, me ofreció vernos para cenar.
―¿Te apetece? ¿Tienes algún compromiso? ¿Novio, marido, amante?
―No, ninguna de las cuatro cosas ―respondí riendo―, y sí, me apetece cenar contigo.
―Perfecto. ¿Vas a decirme dónde vives o seguimos quedando en la esquina?
No pude más que volver a reír y después le di mi dirección.
―Estaré esperándote abajo, en el coche. ¿Sobre las nueve y media te va bien?
―Sí.
―Entonces hasta dentro de un rato ―y dándome otros dos besos se despidió, dejándome a mí con su abrigo puesto y el mío en mi antebrazo.
Mientras volvía a casa andando, pensé que toda la situación me parecía muy romántica y por eso decidí llamar, en cuanto llegué a casa, a mi amiga Cristina para contárselo.
―¡Hola, guapa! Ahora mismo iba a llamarte para preguntarte qué tal fue la entrevista. ¿Ya tienes el trabajo? Porque si no te contratan es que son tontos, no van a encontrar a una secretaria mejor que tú. Definitivamente estoy segura de que el trabajo es tuyo. No me cabe duda. ¿Y bien? ¿Me lo vas a decir o no?
Mientras la estaba escuchando, se me escapaba la risa. Cristina siempre habla por los codos y apenas me da tiempo de responder a una de sus preguntas que ya está planteando otra o se responde ella misma. Como ya sé que es así, la dejé que acabara para poder responder yo.
―Todavía no sé nada, Cris. Me dirán algo la semana que viene. Pero no te llamaba por eso…
No me dejó acabar. Ya estaba de nuevo hablando ella.
―¿La semana que viene? Lo que yo te digo. Son tontos. ¿Necesitan una semana para ver que eras la secretaria ideal? Bah… menudos lerdos. ¿No me llamas para eso? ¿Y para qué me llamas? ¡Cuéntame!
De nuevo riendo, logré contarle, no sin otras tantas interrupciones, toda la aventura de los abrigos y el desconocido.
―¡Guau! ¡Qué romántico, nena! ¿Y qué te vas a poner para ir a cenar? Ponte bien guapa y sexy ¿eh? Ya sé. Ponte el vestido negro escotado. ¡Ah, no! Ese es de verano. Mmmm… Pues ya está. Ponte el otro, el negro de lana. Ese corto y estrecho. Con unas botas de tacón y unas medias también negras. ¡Ah! Y ponte su abrigo. Sí, sí, ponte el suyo.
La charla se extendió un poco más, intentando decidir, ella sola, cómo iría vestida yo para la cena. Finalmente nos despedimos, no sin antes quedar en que la pondría al corriente de todas las novedades de mi cita.
Cuando colgué me quedé pensativa sobre qué ropa ponerme y, tras unos largos minutos mirando en mi armario, por fin me decidí por algo tan simple como unos pantalones negros holgados, una blusa y unos zapatos. Pensé que como no sabía dónde me iba a llevar, ese atuendo iría bien para cualquier restaurante.
Dudé unos segundos antes de bajar en si ponerme su abrigo o el mío, pero al final me decidí por el mío.
De nuevo, al salir de mi portal, Héctor ya estaba esperándome fuera, apoyado en su coche y fumando un cigarro.
―Estás muy guapa, Nora ―me dijo a modo de bienvenida.
Me abrió la puerta de su coche y subí. Llegamos en poco tiempo al restaurante, entre pequeñas charlas sobre cosas sin importancia seguidas de momentos de silencio.
El lugar al que me llevó esa primera noche era un sitio muy acogedor y elegante. Me alegré de la elección de mi ropa. Estaba a la altura.
―Te he traído aquí porque es un restaurante en el que cocinan todo tipo de platos internacionales. Al no saber tus gustos, preferí venir a este.
―Es un lugar muy bonito y todo lo que veo me gusta ―comenté mirando la carta.
―Me alegro. Ya tendremos tiempo de profundizar en los gustos y preferencias de cada uno.
Sonriendo, llamó al camarero, y pedimos nuestros platos junto a una botella de vino tinto elegida por él.
―Cuéntame algo de ti.
―¿Por dónde empiezo? ―me reí―. Ya sabes cómo me llamo. Tengo veintiocho años, busco trabajo de secretaria y tengo un abrigo tan limpio que parece nuevo. ¿Y tú?
―Yo tengo treinta y cuatro años. Trabajo en una empresa de informática que es mía, y busco una secretaria. ¿Te interesa?
Como no sabía si sus palabras iban en serio o no, decidí seguirle el juego, y lo que empezó como una conversación divertida, acabó siendo casi una entrevista de trabajo y personal.
―Si quieres, mañana puedes venir a la oficina y ver el lugar. Me gustaría que trabajaras para mí. Lo digo en serio.
De nuevo, su sonrisa y sus ojos, de una mirada oscura e intensa, me dejaron sin saber qué decir. Cuando por fin salí de mi ensimismamiento, acepté ir al día siguiente.
Seguimos hablando durante toda la cena, preguntándonos cosas el uno al otro y contando, por encima, nuestras vidas.
Por lo visto, Héctor, hacía ya unos cuantos años decidió montar su propia empresa de informática. Se había abierto un hueco en ese mundo y ahora era un proveedor importante de diversas empresas especializadas en el tema. Importaba y exportaba productos informáticos y también prestaba servicios de puesta en marcha y mantenimiento de programas personales para cada cliente.
Por mi parte, le hice un breve resumen de mi situación actual, hablé un poco sobre mi pasado, y finalmente acabamos charlando sobre libros, películas y música.
Una vez terminada la comida, tomando el café, me ofreció ir a otro sitio a tomar unas copas.
―Gracias, me encantaría, pero estoy un poco cansada. Si no te importa, preferiría ir a casa.
―No, por supuesto que no me importa.
Su expresión no acompañaba a sus palabras. Parecía estar decepcionado.
No sé si fue por eso, o porque realmente quería, pero al final lo invité a subir a mi casa.

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