lunes, 6 de julio de 2015

PRÓLOGO Y PRIMER CAPÍTULO CANCIÓN DE CUNA ROTA (1 Y 2) de Asia Lafant

• ● Prólogo ● •
―No, no era mi paciente. Bueno, sí, pero fue la primera visita.
El nerviosismo de la psicóloga iba en aumento. Estaba completamente segura de que lo que acababa de pasar en su consulta iba a marcar el resto de su vida.
―Cuéntenos entonces todo lo ocurrido ―le dijo uno de los dos policías.
Buscó con prisas dentro de su bolso la carta que la paciente había dejado caer al suelo.
―Antes de empezar a contar nada, les ruego que tengan en cuenta esta carta que ella misma dejó en mi consulta antes de… antes de irse.
El policía más joven alargó su mano y cogió el sobre. Lentamente lo abrió, leyó el contenido y se lo pasó a su compañero. Ambos la miraron un instante, que a ella le pareció eterno, y la invitaron, con un gesto mudo, a empezar a explicar lo sucedido.
―Esta mañana recibí una llamada de la paciente pidiéndome hora para una consulta. Me especificó que necesitaba toda la tarde para ella sola, añadiendo que pagaría lo que hiciese falta. Comprenderán que con los tiempos que corren aceptara de buen grado prestar mis servicios las cuatro horas seguidas en las que tengo abierta mi consulta por las tardes. El ofrecimiento me venía como anillo al dedo. Hace mucho tiempo ya que la cosa no funciona, digamos, bien. Cada día que pasa hay menos pacientes…
―Bien. Escuche, doctora Uweid, no es necesario que se disculpe. Usted puede hacer sus consultas de la manera que más le convenga. No estamos aquí para juzgar su forma de trabajar. Simplemente queremos saber qué sucedió durante esas cuatro horas.
―Discúlpenme. Estoy nerviosa y, bueno, en fin… La paciente llegó puntual. A las cuatro de la tarde entraba en mi consulta y…
• ● 1 ● •
Declaración de la doctora Yolanda Uweid; Expediente 256954. Toman declaración los detectives Casas (número de placa 658755) y Sarasa (número de placa 471236);

―Buenas tardes.
―Hola ―respondió ella.
La mujer que acababa de entrar reflejaba en su rostro un sufrimiento desgarrador, y sus ojos, negros como el azabache, proyectaban una pasividad y una indiferencia que rozaban el alma con solo mirarlos.
―Pase y siéntese, por favor.
―Gracias.
Sus gestos eran lentos. Era como estar observando a una mujer derrotada, cansada y rendida ante la vida.
―¿Le parece bien que nos tuteemos?
―Sí, me parece bien.
Sentada frente a la psicóloga, mirándola directamente, la mujer empezó a hablar sin necesidad de preguntar nada.
―Me llamo Nora. Saber mi nombre es más que suficiente por ahora. Quiero darte las gracias por atenderme de esta manera, y antes de empezar, quiero pagarte los honorarios.
La petición la dejó bastante perpleja. Pero toda la situación en sí ya era extraña, y todavía sin saber muy bien por qué, la doctora aceptó cobrar por adelantado.
―¿En qué puedo ayudarte, Nora?
―Solo quiero que me escuches. He venido a contarte mi historia. Solo quiero que me escuches.
―Para eso estoy. Cuéntame.
Nora, agarrada a su bolso, sentada en una esquina del sofá, casi acurrucada, empezó a hablar.
―Yo siempre he sido una mujer alegre, divertida y sociable. No tengo demasiados amigos ahora, pero antes… Antes tenía muchos. Y muy buenos. Pero eso ya no tiene importancia. Voy a empezar desde el día en que apareció él en mi vida. Hace unos cuatro meses.
Esa mañana estaba muy contenta porque, después de más de seis meses buscando trabajo, por fin me habían concedido una entrevista, la segunda, en una empresa importante de la ciudad. Hacía mucho frío fuera y por eso decidí ponerme mi abrigo largo. Además había llovido toda la noche y todavía caían algunas gotas.
Realmente me hacía falta ese trabajo e intenté arreglarme lo mejor que pude para dar buena impresión en esta entrevista. Al ser la segunda supuse que sería con algún alto cargo o, quizás, directamente con el jefe que iba a contratar a una secretaria. Y esa secretaria quería ser yo.
Bajé a la calle, y mientras estaba esperando que el semáforo se pusiera verde para cruzar, pasó a pocos centímetros un coche que, al meter sus ruedas en un charco, me empapó de arriba abajo. No sabía si gritar o ponerme a llorar. Estaba completamente mojada y con el abrigo sucio. No me daba tiempo de volver a casa y cambiarme. Llegaría tarde.
Estaba tan absorta en maldecir mi suerte y al coche que acababa de pasar, que no me di cuenta de que este se había parado unos cuantos metros más allá, en doble fila, y de él se había bajado un hombre.
―Perdona. Perdona, de verdad. No te vi. ¿Estás bien?
Me quedé mirando al desconocido sin entender por qué se disculpaba hasta que volvió a hablarme.
―De verdad que no te vi, ni a ti, ni al charco.
―¿Eres tú el que me ha hecho esto? ―pregunté incrédula.
―Sí. Soy yo. Mira, dame el abrigo y lo llevo a lavar. Esta misma tarde estará como nuevo. Dime dónde he de mandártelo y, sin falta, esta tarde te llegará.
―Eso es lo de menos. Tengo una entrevista de trabajo y no puedo ir así. ¿Acaso tu tintorería es tan rápida como para que me lo limpien en unos minutos?
Molesta, me di media vuelta para irme a mi casa, buscar una chaqueta y, sin duda, llegar tarde a la entrevista.
―Espera ―me dijo el hombre cogiéndome del brazo―. Toma. Ponte mi abrigo y dame el tuyo. ¿Dónde está el lugar al que tienes que ir? Yo te acerco en mi coche.
Sin ni siquiera tener tiempo de contestar, el desconocido se quitó su abrigo y me lo tendió. Todavía no sé por qué acepté esa oferta de cambio de prendas, y menos aún, por qué me subí al coche y dejé que me acercara a mi destino.
―Me llamo Héctor, ¿y tú?
―Nora.
―Bueno, Nora, casi hemos llegado. ¿Te parece bien que nos veamos esta tarde y te devuelvo tu abrigo limpio?
―También tengo que devolverte yo el tuyo ―respondí.
―No. Quédatelo. A ti te sienta mucho mejor. ¿Lo harás? ―me dijo sonriendo.
Su sonrisa me cautivó en ese mismo momento y por unos instantes no supe qué responder.
―No puedo aceptarlo, pero gracias ―logré decir.
―Por supuesto que puedes. Es un regalo. ¿Dónde quieres que quedemos y a qué hora?
La situación, más que surrealista, me estaba descolocando por completo. Me sentía transportada por su voz, su sonrisa y sus atenciones.
―No lo sé, dímelo tú.
―¿Vives muy lejos de donde nos hemos encontrado?
―No, a unas pocas manzanas.
―Entonces veámonos ahí mismo, en esa misma esquina. Luego decidiremos dónde ir. Hemos llegado.
Me di cuenta en ese mismo momento que realmente ya estábamos en el lugar en el que debía ir a hacer la entrevista.
―Gracias por traerme, Héctor.
―¡Faltaría más! ―me dijo sonriendo de nuevo―. Nos vemos esta tarde. ¿A las cinco?
―De acuerdo ―y bajándome del coche, me despedí.
Mientras me encaminaba a las oficinas, en las grandes puertas de cristales ahumados que me daban la bienvenida, me miré de arriba abajo y pude comprobar que realmente el abrigo me quedaba muy bien.
Más tranquila, entré en el lugar e hice una entrevista que, desde mi punto de vista, estuvo muy acertada. Casi después de una hora, volví a salir por las grandes puertas y me fui a mi casa.
La persona que me entrevistó, en efecto, era el que podría ser mi jefe en cuestión de una semana. Por lo menos eso me dijo él al terminarla. Ahora solo quedaba esperar a ver si me llamaban.
Decidí darme una ducha antes de comer. Me sentía un poco sucia después de lo que me había pasado por la mañana. Fue tan extraño todo… Y más extraño aún fue el hecho de que esa misma tarde había quedado con ese hombre para intercambiarnos de nuevo los abrigos.
Todavía era temprano cuando acabé de comer y recogerlo todo, así que me puse cómoda en el sofá y decidí ver una película.
Sobre las cuatro de la tarde empecé a prepararme. No sé por qué, pero me arreglé más de lo normal. Como si tuviese una cita.
A las cinco en punto llegué a la esquina. Héctor ya estaba esperándome con mi abrigo envuelto en plástico transparente, recién salido de la tintorería.
Su sonrisa de bienvenida volvió a cautivarme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario