jueves, 17 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 28)

✤ Capítulo 28. El cuadro ✤
Nuestro piso había quedado perfecto. Nos habíamos gastado más de lo que teníamos, gracias a las tarjetas de crédito, en un sofá nuevo, en decoraciones, utensilios de cocina y colchas a juego con las cortinas de nuestro cuarto. En el comedor, en vez de visillos u otras telas, decidimos poner persianas de oficina que llegaban hasta el suelo. Perfecto. Esa era la palabra que me venía a la mente cada vez que volvía después del trabajo.

Además, los olores entremezclados de nuestros propios perfumes y a nosotras mismas, me daban una sensación de llegar realmente a casa. Sólo habíamos dejado algunos huecos en las paredes para llenarlos con mis dibujos que ya elegiríamos más adelante. Bueno, un solo hueco sí lo habíamos llenado.
Como no teníamos suficiente dinero para comprarnos una televisión decente, nos llevamos de nuestros cuartos de la infancia las pequeñas que teníamos y las habíamos puesto en las habitaciones, así cuando decidiéramos ver una película juntas, lo podríamos hacer en una de las dos. Por lo tanto, el hueco de enfrente del sofá quedaba desierto.
La sorpresa me la dio Joana una de las tardes en que ella plegó antes y yo llegué más tarde. Abrí la puerta como siempre y pensando en ir a tumbarme al sofá para descansar los pies que habían estado corriendo detrás de niños llenos de energía durante todo el día.
―¿Hola?―pregunté al tiempo que cerraba la puerta.
―¡Hola, Derah!―exclamó desde el sofá Joana―. ¡Ven! ¡Corre!
Sólo me faltaba correr un poco más ese día, pero me apresuré a ir al lado de mi amiga.
―¿Qué pasa?―le pregunté de pie frente a ella.
―Siéntate y mira la mejor película de todos los tiempos.
Mientras me sentaba me preguntaba qué era lo que se habría tomado mi amiga, sabiendo que no teníamos televisión en el comedor, pero la repuesta la obtuve sin preguntar nada en el momento de sentarme y mirar la pared.
Ahí estaba mi dibujo de nuestro paraíso. Enmarcado como el más caro de los cuadros de un gran artista y llenando un espacio que parecía completar el puzle.
―¡Oh!―logré decir simplemente.
―¿Oh?―repitió con otro tono mi amiga.
―Quiero decir… es… es perfecto. No sé qué decirte. Gracias.
La risa de Joana inundo el comedor.
―¿Gracias?―preguntó sin dejar de reír―. Gracias a ti en todo caso. Llevo más de una hora aquí sentada viviendo aventuras con sólo mirar este cuadro.
―Me vas a hacer llorar, tonta…
No fue hasta después de unos días que me vino la inspiración y una idea que no dejaba de taladrarme la cabeza, pero necesitaba que Joana no estuviese en casa para poder llevarla a cabo y esa oportunidad llegó unas semanas después cuando yo disfrutaba de uno de esos días festivos que los colegios se cogían de manera libre.
En cuanto escuché la puerta del piso cerrarse, signo inequívoco de que Joana no volvería hasta por lo menos la hora de comer, cogí mis lápices y unas cuantas hojas en blanco, de las grandes, y me puse en el suelo del comedor a dibujar lo que no dejaba de aparecer en mi mente en los últimos días.
No me hacía falta tener a Joana en frente para saber qué y cómo dibujar. Lo que quería plasmar me lo conocía al detalle, lo tenía incrustado en el corazón desde hacía tantos años que me era imposible no poder dibujarlo.
Ni siquiera fueron necesarias más hojas, con la primera me bastó. Levanté el dibujo para verlo mejor y hacer unos retoques y luego lo puse sobre el sofá para verlo de lejos. No era normal en mí, pero no le encontré ningún fallo. Me pareció perfecto.
Como no tenía tiempo suficiente para enmarcarlo, decidí dibujar en los bordes yo misma algo que le diera ese efecto y hasta eso me pareció que había quedado estupendamente. De lo que sí me había preocupado el día anterior era de comprar esa especie de goma azul que enganchaba en las paredes, si agujerear, casi cualquier cosa.
Entré en la habitación de Joana y lo puse en la pared de encima de su cama. Si luego ella lo quería cambiar de sitio, lo podría hacer sin problemas.
Lo cierto es que el día se me hizo eterno, pues estaba deseando que regresase mi amiga para ver su reacción y entender así si le gustaría mi regalo.
―¡Hola!―escuché a la vez que se cerraba la puerta―. ¿Hay alguien?
―Estoy en la cocina.
Como no había separación entre la cocina y el comedor, enseguida vi aparecer a Joana.
―Uff… se nota que llega el buen tiempo. Hace un calor… Voy a ducharme que estoy sudada como una cerdita.
―Vale.
Yo sabía que antes pasaría por su cuarto y vería el dibujo, así que me preparé para su grito, aunque al escucharlo pegué un bote igualmente.
―¡Aaaaaaaaaaaah! ¡Es preciosooooooooooooooo!
Una sonrisa apareció en mi cara a la vez que mi amiga me abrazaba por detrás todavía gritando.
―Me vas a dejar sorda. No es para tanto.
―¿Qué no es para tanto? ¡Son nuestros meñiques cruzados con todo detalle y en versión xxl! ¡Es un cuadro maravilloso!
―Me alegro de que te guste. 
―Ya le he puesto hasta nombre.
―¿Cuál?
―Se llamará “El cuadro”. Sin más―dijo abrazándome ahora por delante puesto que yo me había girado con una cebolla medio cortada en las manos―. ¡Puaj! Apestas, niña―añadió refiriéndose a la cebolla.
―Y tú más… y no exactamente a cebolla, maja. 
―¿Huelo muy mal?―preguntó levantando el brazo.
―¡Aparta eso de mí!―dije riendo sin poder controlarme.
―Vale. Me voy a duchar. Dejaré un poco de aroma a mi paso.
Al ver a mi amiga dirigirse al baño subiendo y bajando los brazos no pude hacer otra cosa que seguir riendo mientras empezaba a llorar por culpa de la cebolla.

miércoles, 16 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 27)

✤ Capítulo 27. Todo recto ✤
―Buenos días, mocosa.

―Mmmmm… ¿Cuándo tenga sesenta años seguirás llamándome mocosa?―pregunté mientras me desperezaba.
―Es que te pega a la perfección.
―Hay otras cosas que me pegan a la perfección―dije tocándole sus partes.
―Cambiaré mocosa por guarrilla si sigues así―respondió Antonio mordiéndome un pezón.
―¡Auuuu!
―Pues no provoques…
Me sentía en el cielo cada vez que despertaba con él a mi lado. Me parecía increíble haber sido tan tonta como para desperdiciar tanto tiempo con mis miedos y mis dudas. Esto era un sueño y cada día rogaba por no despertar jamás de él.
―He pensado en lo de ir a vivir juntos.
La expresión de la cara de Antonio cambió de brillante a oscura en unos segundos.
―No, no voy a huir. No he cambiado de idea―le informé acariciando su cara―. Me refería a cuál de los pisos ir.
―Por un momento…―dijo dejando la frase en el aire sin terminar.
No lo culpaba por haber pensado que ya no iba a querer ir a vivir con él. Estuve rehuyendo tanto tiempo mis propios sentimientos y los suyos, que era normal que temiera que hubiese pensado que volvería a hacerlo.
―He pensado que tú vives solo y el piso de tu hermana y mío es muy pequeño. Además sería un incordio para Joana ahora que también está pensando en seguir su relación después de las vacaciones. Creo que la mejor opción es que yo me vaya contigo.
Antonio dejó caer su cabeza sobre mi pecho desnudo sin pronunciar palabra y noté como su aliento salía por su boca como si lo hubiese retenido durante horas.
―¿Qué pasa?―pregunté hundiendo mis manos en su pelo y levantando su rostro hacia el mío.
―Es que me haces tan feliz… que no sé si voy a estallar, Derah.
Sabía perfectamente cómo se sentía porque yo notaba la misma sensación dentro de mi alma. Era como si un torbellino de sentimientos luchase por mantenerse quieto. Un nudo extraño en el estómago que subía por el pecho y estallaba en la garganta dejándola seca.
―¿Me perdonas, Antonio?
―¿Por qué debería perdonarte? No me has hecho nada―respondió jugando con mi trenza revuelta.
―Sí, sí lo hice, en su día. No quise ver ni reconocer cuánto te deseaba y quería. Debí hacerte mucho daño.
―Pero no era un daño por no quererme. Era un daño triste porque sabía que me querías. Pero te conozco, Derah. Sólo tenía que esperar. Y eso hice.
―Gracias.
―No me des las gracias de palabra. Agradécemelo dejándome sentirte. Es lo único que deseo a cada momento.
No había otra posibilidad después de esas palabras. Y si la hubiese habido, yo la habría descartado. Nos unimos una vez más aunque para mí siempre era la primera vez. 
Descubría en cada ocasión algo nuevo dentro de mí así como en Antonio. Nuevas caricias, nuevos rincones, nuevos sabores… la misma boca con otros besos, los mismos ojos con otra mirada, las mismas manos, que hacía unas horas habían recorrido mi piel produciéndome escalofríos a su paso, en ese momento me hacían sentir otras sensaciones. Había tanto por descubrir en ambos mundos que pensaba que nunca podríamos terminar nuestra búsqueda privada. 
Una palabra encendía una hoguera, una mirada ponía en marcha la imaginación, un susurro evocaba el deseo, un gemido despertaba el hambre. Sí. Eso era exactamente. Estábamos hambrientos el uno del otro, y la única manera de saciar ese hambre era la de devorarnos mutuamente. Y lo estábamos haciendo.
Salimos de la caravana, de nuestro mundo privado, para desayunar con Joana y Jorge, pero encontramos una nota de mi amiga informándonos de que habían ido a comprar unas cosas que íbamos a necesitar esa mañana. Intrigados, nos sentamos a desayunar solos y nos sorprendimos con el hecho de que no hacía falta hablar entre nosotros para comprender lo que sentíamos a cada momento.
―¡Hola, parejita!―dijo Joana al llegar a nuestro lado―. Llevo saludándoos desde la esquina y no os habéis enterado.
―Hola, hermanita. Hola, Jorge.
―Buenas―dijo éste dejando unas bolsas dentro de su caravana.
―Creo que hoy toca mudanza ¿no?―pregunté refiriéndome a nuestra inminente marcha y al cambio de planes con respecto a Joana.
―Sí―respondió mi amiga con una sonrisa tonta en los labios.
Tras recoger todos lo que habíamos sacado Antonio y yo para desayunar, que no era poco debido a nuestro ritmo sexual de las últimas horas, empezamos a cambiar de sitio las cosas de Joana.
―Esto me suena―dije mientras sacaba sus pertenencias de uno de los cajones.
―Sí. Pero esta vez en vez de todo recto y a la derecha, simplemente es todo recto―añadió ella sonriendo.
―Cuando llegue a nuestro piso, yo haré lo mismo con mis cosas para ir al piso de tu hermano―la informé.
―Te echaré de menos, pero no mucho―sonrió―. Puedes llevártelo todo menos el cuadro. Ese no, por favor.
―No tenía pensado llevármelo. Ese debe quedarse ahí, y en el caso de que sienta la necesidad de tenerlo conmigo, haré otro igual.
―Ven aquí y abrázame, Derah.
No me lo pensé ni un solo segundo y me fundí en algo mucho más intenso que un simple abrazo entre amigas. Volví a tener cinco años y a sentir ese aroma inconfundible a dulce que desprendía mi amiga. 
―Te quiero―me dijo susurrándome al oído.
―Te quiero―repetí ahogando las lágrimas.
―Joder, ya estamos… Esto es como retroceder en el tiempo―dijo Antonio entrando en la caravana.
Las dos nos echamos encima de él al mismo tiempo para abrazarlo mientras él intentaba escapar falsamente de nuestros brazos.
Salimos fuera donde Jorge estaba colocando el portátil, que en algún momento de estos días debió salir de mi caravana para ir a la suya, en la mesa de su parcela. Las cosas de Joana ya estaban todas en la caravana de enfrente listas para ser ordenadas, pero tanto ella como su pareja nos dijeron que ya lo harían ellos más tarde porque ahora íbamos a hacer algo más importante.
Antonio y yo no teníamos ni idea de a qué se referían, y menos aún comprendimos por qué estaban sacando unas copas de plástico de colores, una botella de cava a las doce del mediodía y unos platos que iban llenando de toda clase de picoteo digno de un vermut de lujo.
―¿Qué pasa?―pregunté curiosa y expectante.
Sin pronunciar palabra, Jorge giró el portátil de modo que la pantalla quedase expuesta hacia nosotros. Joana sirvió el cava burbujeante en las cuatro copas y nos ofreció una a cada uno, y una vez copas en mano, Jorge le dio a una tecla en el portátil a la vez que pronunciaba unas palabras.
―Queda oficialmente inaugurado el blog “Los trazos de una vida” de la artista Derah. ¡Salud!
En la pantalla del ordenador apareció mi blog junto con una música que describía a la perfección una vida entera, bueno dos, la de Joana y mía. Las imágenes de mis dibujos iban pasando lentamente con la voz de Robbie Williams cantando la maravillosa canción de “Feel”. 
Mi piel empezó a erizarse junto a un sentimiento de paz que me envolvía poco a poco.
―Unas palabras de la artista, por favor―dijo Joana alzando su copa hacia mí.
Sin esperarlo ni yo misma, y con la voz entrecortada, empecé a seguir la letra de la canción.
―I just wanna feel real love, feel the home that I live in. Because I got too much live running through my veins… (Sólo quiero sentir amor verdadero, sentir el hogar en el que vivo, porque tengo mucha vida corriendo por mis venas…)
La situación habría parecido de lo más patética a ojos de otras personas, pero mi voz rota por las lágrimas de felicidad sonó sincera y se notó que salía desde lo más profundo de mi ser. Ahogamos el momento en buenos tragos de cava y empezamos a picotear de un plato a otro hablando de todo un poco.
No hizo falta decir nada más sobre la inauguración privada de mis sueños ya compartidos. Todos habíamos entendido que de alguna manera estábamos unidos y sentíamos lo mismo en nuestro interior. Incluso a Jorge, que apenas nos conocía, se le veía completamente integrado en nuestro grupo y en nuestras vidas.
Si seguíamos llenando Joana y yo nuestras almas a ese ritmo, pronto tendríamos que pedir una prestada o crear otra.

martes, 15 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 26)

✤ Capítulo 26. Al fondo, a la derecha ✤
Por fin creíamos haber encontrado el piso perfecto para ir a vivir las dos juntas.Era un pisito con dos habitaciones, un baño y una cocina americana que compartía espacio con un pequeño y acogedor salón. En el precio estaban incluidos algunos enseres y un sofá que no estaba del todo mal. Con la promesa de comprar uno nuevo en cuanto tuviésemos algo más de dinero, así como de adornarlo a nuestro gusto y pintarlo, decidimos firmar el contrato dejando a los propietarios nuestros sueldos de dos meses entre unas cosas y otras.

Ese día habíamos decidido hacer la mudanza y no quisimos que nadie nos ayudara. Al tercer viaje con cajas entre los brazos y chorretones de sudor que bajaban por nuestros rostros, empezamos a estar algo cansadas.
―¿De quién fue la idea de no dejar que nadie nos ayudara?―pregunté dejando una caja en el suelo―. ¡Mierda! Sólo me faltaba esto―añadí contrariada al sentir el peso de la caja sobre uno de mis pies.
―Fue idea de las dos.
―¿Estás segura?
―Bueno, vale. Igual insistí yo un poco más, pero tú aceptaste.
―Seguramente para no oírte más.
―No seas quejica.
Seguimos con nuestra odisea de idas y vueltas y por fin subimos al piso la última caja.
―No he probado un sofá más cómodo―dije dejándome caer con los brazos y las piernas abiertas.
―No te acomodes mucho que todavía nos queda un buen rato. Sacar la ropa, hacer las camas, guardar la ropa, sacar más cosas…
―Lo que yo te diga. Con tal de no escucharte hago lo que sea.
Cuando ya se hizo de noche, teníamos todo más o menos colocado. Decidimos entonces cenar algo y fue cuando nos dimos cuenta de que no habíamos pensado en eso hasta ese momento.
―Pues yo no salgo a comprar ahora―dijo Joana.
―¡Ja! ¿No pensarás que lo voy a hacer yo no?
―Bueno, vale. Iremos las dos. ¿Pero dónde hay una tienda por aquí?
―Al fondo a la derecha.
―¿Al fondo a la derecha?
―Siempre hay algo al fondo a la derecha ¿no? Pues seguro que habrá una tienda también―respondí convencida.
―¿Lo estás diciendo en serio?
―Levanta el culo de la silla y vamos a buscar una tienda.
Bajamos de nuevo a la calle sin ni siquiera habernos mirado al espejo. Si lo hubiésemos hecho, nos habríamos dado cuenta de que nos hacía falta lavarnos la cara y peinarnos un poco.
―Estás horrible―me dijo Joana riéndose.
―¿Te has visto tú?―le respondí ya con la carcajada a punto de salir de mi garganta.
Al fondo a la derecha se convirtió en dos manzanas andando con los pies arrastrando y sin poder dejar de reír. Por fin llegamos a una tiendecita pequeña en la que parecía haber de todo. Una mujer muy amable, que no podía remediar mirar nuestras manchas negras en la cara, nos atendió rápidamente y volvimos a casa.
―Estoy reventada, Derah.
―Yo la verdad es que ya no tengo ni hambre.
De nuevo las carcajadas inundaron nuestras gargantas y el espacio que ahora se había convertido en nuestro hogar. Con una fuerza de voluntad que sacamos de no sé donde, finalmente nos pusimos manos a la obra para preparar la cena con lo que habíamos comprado: dos pizzas congeladas, patatas de bolsa, queso para partir a tacos y dos botellas de vino espumoso italiano muy fresco. Mientras cortábamos el queso nos lo íbamos comiendo, por lo que a la mesa no llegó. Las patatas también sucumbieron a nuestro apetito y la primera botella de vino tenía los minutos contados. Esperando a que las pizzas se cocinaran del todo en el horno, que por cierto y gracias a Dios, estaba limpio, nos fuimos a sentar al sofá con lo que quedaba del vino en nuestras copas.
―Me gusta mucho nuestro pisito―anunció Joana.
―Y lo mejor de todo es que no tenemos que hacer ni fiesta de inauguración. ¿A quién coño íbamos a invitar?
La risa de mi amiga le provocó una expulsión a propulsión del vino que tenía en ese momento en la boca.
―Oye, Derah―dijo cuando por fin recobró la compostura―. ¿Qué te parece si enmarcáramos alguno de tus dibujos y decoramos las paredes con ellos?
―Ufff… no sé. Me da vergüenza de que los vean...
―¿Y quién coño iba a verlos?
Esta vez fui yo la que soltó la carcajada, pero no desperdicié el vino.
―Se me está subiendo a la cabeza este espumoso italiano―me hizo saber mi amiga.
―Yo hace ya tiempo que tengo las neuronas algo apagadas y chispeantes. Es que no hemos comido casi nada y nos hemos metido una botella entera.
En silencio nos quedamos mirando las paredes vacías de nuestro nuevo hogar, supongo que cada una pensando en sus propias cosas y expectativas, que a causa del vino, sin duda eran fantásticas y maravillosas.
―Oye, ¿no hueles algo raro?―pregunté arrugando la nariz.
Joana hizo el mismo gesto.
―Sí. Huele como a quemado―asintió.
Ni dos segundos tardamos en saltar del sofá para ir corriendo a la cocina. El horno echaba humo por un lado y al abrirlo, ese pequeño hilo de humo se convirtió en una humareda gigantesca.
―Pues yo no bajo otra vez―dijo Joana.
―Nos queda otra de vino―anuncié yo.
―Pues eso.
―Pues eso.

lunes, 14 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 25)

✤ Capítulo 25. La hoguera en medio del mar ✤
―Podríamos ir los cuatro a la playa nudista que descubrimos tú y yo―me propuso Joana mientras fregábamos los platos ella y yo.

―No me parece buena idea.
―¿Por qué? ¡Nosotras nos lo pasamos muy bien!
―Te digo que no me parece buena idea―insistí.
―¡Joder! ¿Pero por qué?
―A ver cómo te lo explico… Tu hermano y yo hemos hecho el amor tantas veces estas últimas horas y estamos tan… bueno eso… 
―¿Calientes? ¿Salidos? ¿Cachondos?
―Te voy a estampar el plato en la cabeza―amenacé levantándolo.
―¡Jajajajaja! Vale, entendido. Existe el peligro de izar la bandera―dijo estallando en una carcajada.
―¿Por qué no nos quedamos descansando simplemente? Esta noche hay noche de hoguera otra vez y seguro que trasnocharemos. Tengamos un día tranquilo y relajado. 
―Bueno, a ver qué opinan ellos.
Ellos me dieron la razón y Joana no tuvo más remedio que descartar la idea de hacer algo nuevo durante ese día. Aún así, de alguna manera se salió con la suya, pues pensó que estaría bien ir a la piscina por la mañana y probar los diferentes jacuzzis y chorros que la otra vez no probamos.
Así que los cuatro nos dirigimos al otro lado del camping y pasamos la mañana de un lado a otro relajándonos con el agua fría, templada y caliente de los diferentes aparatos. Al final resultó una idea formidable puesto que nuestros cuerpos parecieron agradecer tanto el descanso como los masajes acuáticos recibidos.
―Pero estoy como muy cansada―dije a la hora de los cafés.
―Más que cansado, yo estoy realmente relajado―apuntó Jorge.
―Y con la panza llena sólo se me ocurre una buena siesta para rematar el día―dijo Antonio bostezando.
Después de otra cafetera más acabada, cada una de las parejas se fue a su caravana. Antonio y yo nos tumbamos juntos en la que ya era nuestra cama y al compás de su respiración en mi nuca y su pecho en mi espalda, nos quedamos profundamente dormidos hasta casi las seis de la tarde.
―¿Qué haces?―pregunté adormilada al descubrirlo mirándome con la cabeza apoyada en una de sus manos.
―Mirarte.
―¿Por qué?
―Porque me gustas.
―Mmmmm―dije antes de volver a cerrar los ojos y a quedarme dormida de nuevo.
No sé cuánto rato pasó hasta que volví a desvelarme.
―¿Qué haces?―pregunté al sentir entre mis piernas un cosquilleo agradable.
―Comerte.
―¿Por qué?
―Porque me gustas.
Esta vez no volví a quedarme dormida. Mis sentidos se habían despertado con sus besos sobre mis humedades más íntimas y el deseo creció descontrolado por todo mi cuerpo. La caravana era el lugar perfecto para dar rienda suelta a nuestros instintos que salían a flote con el simple hecho de estar solos y rozarnos. Demasiado tiempo esperando los dos. Demasiado tiempo negándolo yo.
Estaba claro que Joana y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo tácito de no molestar hasta que saliésemos fuera, puesto que las dos parecíamos adolescentes llenas de hormonas revolucionadas y no nos daba vergüenza reconocerlo. Salimos cuando ya era de noche y Jorge y Joana ya estaban poniendo la mesa.
―¿Cenáis con nosotros?―preguntó él.
―Sí―respondí―. Pero habrá que acabar las cosas que Joana y yo trajimos. Dentro de dos días nos vamos ya y no tengo ganas de comer tapers congelados durante un mes.
Joana y Jorge se miraron un momento antes de que mi amiga hablara.
―Justamente de eso queríamos hablaros. Jorge me ha ofrecido quedarme con él aquí hasta que se vaya dentro de dos semanas y yo he aceptado.
―¡Eso es estupendo! ¿Verdad Antonio?―exclamé y pregunté casi al mismo tiempo.
―Claro, si es lo que quiere y desea mi hermanita, por mí estupendo.
Como si de repente volviese a respirar, Jorge dejó escapar un suspiro que me dio a entender que el verdadero consentimiento que necesitaba era el del hermano de su amada. Sabía que Joana le había contado algunas cosas de su anterior relación, así que imaginé que para él supuso un alivio ser aceptado tan claramente por Antonio.
Con la mínima ropa necesaria para no ir desnudos, nos fuimos ya entrada la noche a la playa. Una vez más la puerta se abrió para entrar a formar parte de un espectáculo asombroso. Supongo que la anterior vez era igual de bonito, pero había cambiado algo importante en mí. Aquella vez esperaba la llegada de Antonio y ahora ya estaba aquí. 
Abrazados, caminamos una pareja junto a la otra en busca de un lugar tranquilo donde sentarnos y saborear la bebida mentolada que habíamos elegido los cuatro. El mar estaba en calma y se podían escuchar las olas tímidas frente a otras más atrevidas rompiendo junto a nuestros pies, que alguna vez se veían amenazados con ser empapados.
Sentada entre las piernas recogidas de Antonio y apoyada en su torso, pensaba en cómo decirle a mi amiga que habíamos decidido vivir juntos cuando volviésemos a casa. De cualquiera de las maneras que imaginaba diciéndoselo, la reacción de mi amiga en mi cabeza era siempre la misma. Gritar como una posesa y saltar a mi alrededor. Me parecía increíble el giro que habían tomado nuestras vidas en cuestión de menos de una semana.
―Quiero bañarme―anuncié.
―Me has leído el pensamiento―dijo Joana.
Había más gente tanto en la playa como en el agua que estaba alumbrada por diferentes focos, pero aún así seguía en una penumbra acogedora. El mar nos sorprendió al sentirlo caliente en nuestra piel, como si el agua nos hubiera estado esperando con la temperatura perfecta, y disfrutamos de él un buen rato. Cada pareja en su mundo y con sus propios gestos de complicidad llenos de sentimientos. La armonía se rompió cuando uno de los cuatro empezó a salpicar agua encima de los otros y empezó así una guerra en la que no sólo participamos nosotros cuatro sino que se unieron más personas. Las gotas de agua que se alzaban eran como chispas de una hoguera en llamas.
Cuando ya empezaban a descender las verdaderas hogueras en la arena de la playa, y así mismo las personas en la fiesta, nosotros también decidimos marcharnos. Jorge y Antonio iban delante hablando, y Joana y yo detrás cogidas por el brazo.
―¿Te parece entonces una buena idea que me quede?―me preguntó ella.
―Me parece una buenísima idea. Aprovechad el tiempo juntos.
―Hemos hablado de seguir viéndonos luego. No vive lejos de nuestra ciudad y podemos organizarnos para vernos uno o dos días entre semana y los fines de semana.
―Eso es magnífico, Joana. Me alegro tanto por ti…
―Gracias. Lo sé.
―Tu hermano y yo también hemos hablado.
―Y algo más que hablar…
―Me ha dicho de ir a vivir juntos y yo he aceptado también.
Casi me caí al suelo por la forma de frenar el paseo de Joana. Sus ojos parecieron agrandarse el triple de lo normal y yo empecé a ver esa boca abrirse para preparar uno de los gritos típicos de ella, pero en cambio la sorpresa fue ver que sus ojos empezaron a brillar.
―Ostras, Derah… esto es más de lo que mi corazón puede aguantar―me dijo abrazándome y soltando las lágrimas al mismo tiempo―. ¿Te das cuenta de cómo han cambiado nuestras vidas desde que decidimos vaciar las mochilas?
―Sí―respondí intentando contener mis propias lágrimas.
Llegamos a las caravanas y antes de entrar cada pareja en la suya, Joana se acercó a su hermano y lo abrazó durante unos segundos intensos y luego diciendo “buenas noches” y sorbiendo por la nariz, dio media vuelta y desapareció dentro de la caravana.
―¿Qué le pasa?―me preguntó Antonio.
―Es feliz. Por ella y por nosotros.

domingo, 13 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capitulo 24)

✤ Capítulo 24. ¡Ay ho! ¡Ay ho! Vamos a trabajar ✤
Nuestros esfuerzos de buscar sin perder la esperanza y de manera continua un trabajo dieron buenos resultados. Joana empezó como ayudante en un centro en el que había personas discapacitadas de todas las edades. Se la veía muy feliz realizando el trabajo por el cual había estudiado durante tantos años y además estar tan ocupada la ayudaba a superar rápidamente la ruptura con Daniel.

En su centro se hacían muchas excursiones y salidas que ella misma tenía que organizar, y era una satisfacción enorme llegar a casa y contar lo bien que había salido todo. Era lógico que todas las personas con las que trataba, así como para las que trabajaba, estuviesen contentas con ella y la quisiesen tanto, y con suma alegría y un sentimiento profundo de admiración, empecé a notar como mi amiga retomaba las riendas de su vida y la confianza en sí misma.
Yo también tuve mucha suerte y me ofrecieron trabajar en un centro en el que se ayudaba con refuerzo escolar, personal y emocional, a diferentes niños con problemas tanto físicos como mentales. Lo cierto es que si este trabajo no se conoce y no se ha vivido, puede parecer duro y complicado y, aunque sin duda lo es, la verdad es que da tantas satisfacciones personales y enseña tanto a quienes nos llamamos “normales” que no lo hubiese cambiado por nada del mundo.
Trabajábamos unas cinco horas diarias fijas y la mayoría de los días se convertían en más de siete, así que llegábamos a casa reventadas y no nos veíamos mucho pero hablábamos por teléfono cada día.
―Deberíamos hacer algo para vernos más a menudo―me estaba proponiendo Joana.
―Lo sé, yo también te echo de menos, pero te aseguro que estoy medio muerta cuando llego a casa.
―Se me está ocurriendo algo…
La idea fue buscar un piso pequeño de alquiler en el que poder vivir juntas y me pareció algo genial. Así que con la promesa de ponernos cuanto antes a buscar uno dentro de nuestras humildes posibilidades, nos despedimos esa noche.
Los días iban pasando y nuestras conversaciones nocturnas con la voz llena de sueño siempre se decantaban por ese próximo acontecimiento que con un poco de suerte iba a suceder en poco tiempo, pero una noche, los fantasmas de un pasado que parecía ya muerto y enterrado volvieron a aparecer.
―Hoy he visto a Daniel.
Mi estómago se encogió a la vez que mi pecho se oprimía, pero no dije nada esperando a que ella continuara hablando.
―Ya hace unos días que me pareció verlo cuando salía del trabajo pero hoy estoy segura de que era él.
―¿Pero has hablado con él?―pregunté no sé si mas asustada o más preocupada.
―No. Estaba en la acera de enfrente y en cuanto vio que lo miraba, encendió la moto y se fue. Creo que me está espiando y no sé desde hace cuánto.
―Joder, Joana… tienes que decírselo a Antonio y procurar no salir sola del trabajo. A saber qué coño quiere ese ahora…
―¿Y qué va hacer? Yo ya no soy la estúpida de antes, Derah, así que si viene a hablarme lo mandaré a la mierda.
―No es por ti, nena. Es por él. Quien me da miedo a cómo pueda reaccionar es él.
―¿Entonces qué hago? ¿Me escondo el resto de mi vida?
―No, no digo eso, pero… es que no sé qué deberías hacer…
―Bueno, mira, si sigue viniendo al trabajo y yo lo veo, se lo diré a Antonio y ya veremos qué hacemos.
Esa noche no dormí tranquila y no logré hacerlo hasta que después de tres días más con la aparición de Daniel en el trabajo de Joana, tomamos la decisión de hablar con su hermano. Hacía mucho tiempo que no veía a Antonio y tenía miedo, para variar, de su reacción a mi clara huída después del beso furtivo en su casa.
―Mañana vendré yo a recogerte a la hora de plegar del trabajo y le pondré las cosas claras: si no deja de incordiarte iremos a la policía a poner una denuncia.
―Pero es que en el fondo no hace nada―dijo Joana.
―Es igual. Ahora no hace nada, pero está claro que ese tío está mal de la cabeza. Así que haremos algo antes que sea demasiado tarde. Como la otra vez―sentenció Antonio.
Nos pareció una buena idea y desde luego lo fue. Daniel desapareció de la vida real de mi amiga, aunque siguió mucho tiempo en su vida interior.
―Bueno, pues entonces ya está. Me voy a mi casa ya porque mañana madrugo―anuncié cogiendo mi chaqueta del respaldo de la silla del bar en el que estábamos sentados. 
―Hablamos luego―me dijo Joana mientras me alejaba.
―¡Derah! Espera un segundo―dijo Antonio levantándose y acercándose a mí―. ¿Podemos hablar unos minutos?
―Claro, dime.
La atenta mirada de mi amiga era como un taladro, pero la lejanía de su posición le impedía, y eso estaba claro que la fastidiaba, escuchar nuestra conversación.
―Hace tiempo que quería hablarte de lo que pasó en mi casa, pero tú pareces estar siempre a la defensiva y ocupada.
―Antonio… yo…
―Oye, Derah, no fue nada malo. Al contrario. A mí me pareció que ambos lo estábamos deseando, pero me da la impresión de que te cuesta aceptarlo. ¿Me equivoco?
Mi silencio supongo que le dio la razón y la fuerza necesaria para seguir hablándome.
―Intentémoslo. No perdemos nada con ello.
―Podríamos perder nuestra amistad y no puedo permitírmelo. Lo siento, Antonio. 
Me di media vuelta y me fui temblando hacia mi casa. Quizás no hiciese falta tener una relación de pareja para perder a Antonio. A lo mejor ya lo estaba perdiendo con mi comportamiento absurdo, pero se me hacía muy cuesta arriba aceptar mis sentimientos y traspasar la barrera. ¿Qué me pasaba? Después de Alejandro no había tenido ninguna otra relación hasta ese punto. Algunos tonteos en alguna discoteca, pocos besos fugaces y alguna mano que iba más allá de lo habitual, pero nada más. No es que me faltaran pretendientes, al contrario. Siempre tenía a algún chico rondando, pero me era imposible ir más allá. No sentía las ganas ni la atracción suficientes. Y por supuesto, no había sentimientos.
Esa noche soñé con la habitación de hotel en la que había descubierto el sexo junto a Alejandro, pero cuando vi la cara de mi contrincante en el ruedo de la cama, me descolocó ver que era Antonio. Los miedos, las inseguridades y las dudas empezaron a recorrer mi cuerpo y a invadir mi mente, e intenté alejarlos tanto a ellos como a mis sueños y al deseo que sentía crecer en mi interior de la única manera que sabía: dibujando.

sábado, 12 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo 23)

✤ Capítulo 23. ¿Ya no somos amigas? ✤
―Roncas―le dije a Antonio a modo de buenos días.

―Y tú hablas dormida.
―¿Sí? ¿Qué digo?
―¡Más! ¡Dame más, Antonio! ¡Más! ¡Sí! Mmmmm así…
Primero le di con la almohada en la cara y luego le pellizqué un brazo. Riendo y con un solo movimiento, Antonio logró desarmarme sosteniendo mis brazos hacia arriba y poniéndose encima de mí. 
―Esto es por culpa de los pellizcos. Me gustan―me dijo moviéndose con un suave balanceo sobre mi pelvis y haciéndome notar su dureza.
―¿Vamos a estar así el resto de las vacaciones?―Sonreí pasándome la lengua por los labios.
El sonido de la voz de Joana nos sacó de nuestro mundo.
―¡Ey chicos! ¿Aún estáis durmiendo?―preguntó llamando a la puerta.
―No. Ya abro―respondí―. Tápate un poco y ponte boca abajo―añadí señalando con la mirada su excitación y susurrando.
Me levanté y me puse la camiseta de Antonio, que me llegaba casi a las rodillas, antes de abrir a mi amiga. 
Joana subió el escalón y se paró justo en la puerta. Su mirada pasó de su cama sin deshacer a la mía completamente deshecha y en la que estaba su hermano tapando su cuerpo a medias con la sábana. Luego sus ojos se encontraron con los míos y fueron directos a los de su hermano. La boca de mi amiga empezó a abrirse lentamente y se quedó abierta unos segundos antes de empezar a gritar.
―¡Síiiiiiiiiii! ¡Por fin! ¡Aleluya! ¡Síiiiiiiii!
―¿Qué pasa?―preguntó Jorge asomando la cabeza y alertado por los gritos de Joana.
Entendió al momento lo que había pasado en la caravana y pareció incluso él aliviado y contento por los acontecimientos.
―Voy a preparar café―dijo entonces antes de marcharse.
Joana entró en la caravana a por ropa y no dejaba de mirarnos sonriendo. Yo me había sentado en la cama junto a Antonio, que seguía tapado con un hilo de sábana.
―Bueno, voy a ducharme―nos informó Joana.
―Ahora salimos nosotros también―respondí yo.
―En un rato―aclaró Antonio.
Joana se paró en la puerta al escuchar las palabras de su hermano.
―Será en un rato bastante largo. Eso no se baja en dos minutos.
La carcajada de Joana al cerrar la puerta fue tremenda y yo no pude hacer otra cosa que reírme también. La tentación de acabar lo que habíamos empezado jugando hacía tan sólo unos minutos era muy grande. 
―Si no paras de besarme, no saldremos de aquí en todo el día. ¿Lo sabes verdad?―Me dijo Antonio todavía con la excitación latente.
Logramos contenerla con la promesa de retomar el juego más tarde reflejada en nuestros ojos y en nuestros besos.
Salimos ya listos para ir a la playa y le dijimos a Jorge y a Joana si querían venir y aceptaron. El día era soleado y pasamos una mañana increíble siendo dos parejas completamente libres de pesos absurdos a nuestras espaldas. Antonio y Jorge parecía que habían congeniado muy bien y en ese momento estaban metidos en el agua y charlando a saber de qué. Nosotras estábamos tumbadas en nuestras toallas. Joana boca abajo y yo al revés.
―Estoy preocupada―me informó Joana.
―¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
―Sí.
―¿Qué?―pregunté alarmada y girando la cabeza hacia mi amiga que seguía con la suya hundida entre sus brazos cruzados.
―Creo que ya no somos amigas.
―¿Ya no somos amigas?
―No. Ahora somos cuñadas.
El grito de dolor que pegó Joana al sentir un latigazo en su culo fue espectacular. Yo le había levantado las braguitas del biquini y las había soltado de golpe. Se levantó de un salto y se puso a horcajadas encima de mí.
―Cuéntamelo. ¡Cuéntamelo todo! ¿Sientes el alma llena?
―Y otras cosas también―respondí riendo.
―Guarra.
―Tú más.
Nuestros hombres llegaron justo a tiempo de ver nuestra pelea en la arena.
―Joder, no habéis cambiado en treinta años―dijo Antonio sentándose en la arena.
―¿Esto es siempre así?―preguntó Jorge.
―Ya te contaré…―añadió Antonio.
Decidimos volver a la caravana a comer y durante la sobremesa pensamos que sería una buena idea alquilar las pistas de tenis por la tarde, cuando empezara a refrescar. La verdad es que ni Joana ni yo teníamos ni idea de jugar a tenis y nos pareció divertido intentarlo. Así fue. Las pelotas parecían traspasar la red de nuestras raquetas porque no dábamos ni una, pero las risas descontroladas y la alegría que ambas desprendíamos era contagiosa, y al final nuestras parejas se dieron por vencidas a no tomarse en serio las partidas.
Por la noche cenamos los cuatro juntos y de nuevo cada pareja se fue hacia sus ya respectivas caravanas.
―¿Eres feliz?―me preguntó Antonio durante esos instantes tiernos en los que los corazones vuelven poco a poco a su ritmo habitual.
―Soy muy feliz―respondí apoyando mi cabeza sobre su pecho desnudo y dejando que se meciera al compás de su respiración―. ¿Qué pensabas de mí cuando de pequeña iba a tu casa?
―Que eras una mocosa tímida que se tiraba eructos enormes.
―Eres idiota.
―Siempre me gustaste, pero nunca me dejaste demostrártelo.
―¿Siempre?
―Siempre.
―Tenía miedo de que no funcionara y entonces perderte.
―¿Ya no tienes miedo?
―No. Ahora sólo tengo sueño.
―¿Dormirás el resto de tus días a mi lado?
―¿Es una propuesta?―pregunté levantando mi cabeza para mirarlo a los ojos.
―Es una necesidad.
Ahí estaban otra vez las mariposas. Revoloteando como nunca y libres de miedos e inseguridades.
―¿En tu casa o en la mía?
―Da igual. La que elijamos será a partir de ahora de los dos.
Lo besé como nunca y recibí a cambio el mejor beso de mi vida. No estaba en la caravana ni de vacaciones. 
No estaba en la playa y no estaba en un camping. Simplemente estaba y me sentía en casa dentro de su boca.

viernes, 11 de agosto de 2017

VACIANDO MOCHILAS, LLENANDO ALMAS (capítulo22)

✤ Capítulo 22. Rompiendo hábitos ✤
Joana y yo estábamos en la difícil tarea de encontrar un trabajo para lo que habíamos estudiado. Tanto la una como la otra nos habíamos decantado por los trabajos sociales: Joana con personas con discapacidad y yo con niños que necesitaban educación especial.

La cosa estaba muy complicada, pues los trabajos escaseaban y los que había eran con unas condiciones bochornosas. Aún así no desistíamos en el intento de encontrar por fin uno que nos llenara en todos los sentidos.
Una tarde decidimos ir a la ciudad vecina y hacer el recorrido de diferentes centros que habíamos encontrado en Internet. Teníamos una especie de plano hecho para poder llegar sin complicaciones a todos los lugares que habíamos anotado como interesantes y prometedores. Por lo menos dejaríamos nuestros CV, lo cual ya era un paso para lograr un trabajo.
―¡Ostras! No avisé a Daniel de que estaría todo el día fuera para esto.
―Bueno, si llama a tu casa, tu madre ya lo pondrá al corriente.
―Sí…
El hecho de no haber avisado a Daniel ya me hizo suponer que tendrían una pelea tarde o temprano, y la respuesta escueta y casi susurrada de mi amiga me lo confirmó. De todas formas nosotras seguimos con nuestro plan. Dedicamos unas horas por la mañana y después de comer en un bar, seguimos hasta más de las siete de la tarde con nuestra aventura de dejar nuestros datos en los diferentes centros.
―¿Te dejo en casa o te acerco a algún sitio?―le pregunté conduciendo ya de vuelta.
―Mejor me acercas al bar donde suele estar Daniel.
―¿Quieres que me quede?
―No…
Aprovechando un semáforo, Joana se bajó de mi coche para dirigirse andando al bar que quedaba a pocos metros. Yo no estaba segura de si hacía bien o no al dejarla sola, pero por otro lado también pensé que no podía entrometerme en lo que fuera a pasar o no.
Cuando la puerta de mi cuarto se abrió dejando pasar a una Joana descompuesta, comprendí que sí había pasado algo.
―He dejado a Daniel―me dijo corriendo a mis brazos y llorando desconsoladamente.
―¿Qué ha pasado?
―Me ha pegado una bofetada.
―¿Qué? ¡Ese malparido se las va a tener que ver conmigo! ¿Estás bien? Déjame verte―le dije apartando su cara de mis hombros para estudiarla.
―Estoy bien… sólo ha sido una bofetada…
―¿Sólo?
Por lo visto Daniel, nada más llegar mi amiga al bar, le dijo de ir a dar una vuelta en su amada moto. Cuando llegaron a uno de los pocos descampados que quedaban en nuestra ciudad, le preguntó dónde había estado todo el día. Ella le empezó a explicar lo que habíamos estado haciendo y en un momento dado Daniel le dijo que no podía estar todo el día fuera de fiesta. A eso Joana le dijo que no había estado de fiesta, intentando repetirle lo que realmente habíamos hecho. 
―Se puso a gritarme como un loco y le dije que no me gritara y que me llevara a casa. Pero en vez de eso se me acercó para darme un beso y yo lo rechacé y, antes de que me diera cuenta, me había abofeteado. Luego Daniel le pidió perdón. Como Joana estaba asustada, le dijo que lo perdonaba y que la llevara a casa.
―Hemos terminado, Daniel. No quiero seguir con lo nuestro―le soltó mi amiga al bajarse de la moto frente a su casa.
Estuvieron discutiendo de nuevo un buen rato pero mi amiga no cambió de idea y con un “esto no quedará así” por parte de Daniel, se quedó esperando a que la moto desapareciera de su vista para venir corriendo a mi casa.
―Has hecho lo correcto, Joana. 
―Lo sé… lo sé, Derah. Pero tengo miedo.
―No te pasará nada. Ya sabes que es un cobarde. Escucha, esta noche quédate en mi casa a dormir. Pégate una buena ducha y descansa. Yo bajaré a llamar a tu madre para decirle que estás en mi casa. Y luego prepararé algo para cenar las dos aquí en mi cuarto. Mientras ella hacía lo que yo le había sugerido, aproveché para ir a su casa en busca de Antonio.
―¡Le voy a reventar la cara a ese cabronazo!―me dijo Antonio tras contarle lo sucedido.
―No, no. Mira, lo importante ahora es que Joana no recule. Ha tomado la decisión que todos estábamos esperando y lo mejor que podemos hacer es estar a su lado sin provocar más complicaciones.
―Quizás tengas razón. No iré en su busca, pero si me lo encuentro no puedo prometerte nada.
―Bueno, me voy. La he dejado en la ducha y ya debe haber salido.
―Gracias, mocosa. Tiene mucha suerte de tenerte como amiga―me dijo dándome un abrazo.
El momento duró unos segundos más de lo que podría considerarse un abrazo normal y, al separar nuestros cuerpos, nuestras miradas se encontraron así como nuestros labios. 
¿Qué estaba pasando? Otra vez esas mariposas llegaron a mi estómago.
―Derah… yo…
―Me voy, Antonio. Buenas noches.
Salí de su casa aturdida y con la esperanza de que mis palabras dejaran por olvidado lo que acababa de pasar, pero cuando llegué a mi casa y encontré a Joana dormida sobre una de las camas de mi cuarto, todavía no había sido capaz de olvidar nada.
“Estamos confundiendo nuestro aprecio de tantos años viendo como crecemos, de tantas cosas vividas juntos, con algo que no es.” Pensé. ¿Pero entonces por qué me sentía tan extrañamente bien? 
Los días pasaron relativamente tranquilos. Daniel no paraba de llamar de casa de Joana a la mía, hasta que finalmente Antonio perdió la paciencia y fue a verlo. Nunca supimos qué le llegó a decir, pero las llamadas fueron espaciándose hasta desaparecer del todo una buena temporada. A la vez que pasaba todo esto, Antonio y yo nos vimos casi cada día, pero aún dándome cuenta de que me buscaba con la mirada para preguntarme algo a lo que yo no podía ni quería responder, yo no era capaz de sostenérsela y buscando excusas tontas y simples, cada vez mi amiga y yo nos veíamos más en mi casa que en la de ella.
Estaba huyendo de mis sentimientos y empezando así a llenar mi mochila.